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Frente al televisor

Por: Zaida Capote Cruz

Veo bastante televisión, sobre todo cine en televisión. Ahora me está costando porque uno de los programas que solía ver, La séptima puerta, nos llega cada vez más tarde. Para colmo, el traslado de Pasaje a lo desconocido para la noche del viernes retarda una hora la película.

Hace unos días el programa de Reinaldo Taladrid estuvo dedicado a la llamada “viagra femenina”, un medicamento de moderada efectividad en el tratamiento de la disminución del deseo sexual femenino durante la menopausia cuya necesidad no ha sido ampliamente aceptada. Si bien el diálogo introductorio —entre el anfitrión y el doctor Pérez Peña, conocido por su programa La dosis exacta— transcurrió en un permanente tono socarrón que me puso en guardia, la cosa empeoraría. (más…)

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Para festejar el otorgamiento del Premio Nacional de Literatura de Chile a Diamela Eltit

diamlea«Cuerpos bicentenarios (saqueados pero resistentes).

Sobre Impuesto a la carne »[1]

Por Zaida Capote Cruz

El proyecto literario de Diamela Eltit (Santiago, 1949) puede leerse íntegramente como un ejercicio de corporeización de la letra. Lo corporal incluye, en su trabajo, desde el gesto y la prestancia de los cuerpos hasta el flujo sanguíneo y lo estrictamente celular. Pero esa cercanía con la carne y la sangre no hacen un discurso ficcional, de ningún modo concebido como asunto íntimo, como registro de humores y heridas más o menos visibles. El cuerpo en la narrativa de Eltit adquiere un lugar central, es cierto, pero sólo porque a través suyo se narran epopeyas más o menos públicas, más o menos ignoradas, más o menos eludidas por la historia oficial. Así, en Lumpérica el cuerpo de L. Iluminada es el suyo (el de una mujer itinerante, sin identidad fija, que circula incansablemente por la ciudad vedada a sus iguales) pero es también el cuerpo social, disminuido, sojuzgado con clasificaciones, con restricciones varias, con agresiones (incluso la tortura), todo como parte del paisaje urbano durante la dictadura militar de Pinochet. Pero el relato podría leerse llanamente como la historia de una deambulante y nada más. Es posible, sí, aunque para hacerlo debamos negar su esencia misma.

Tal compromiso con lo corporal y lo social ha venido estrechándose parejamente a medida que el trabajo de Diamela Eltit va entregando nuevas muestras. Ya su ejercicio como integrante del grupo CADA (Colectivo de Acciones de Arte) ponía el cuerpo en juego y, quizás también en peligro (en Lumpérica se alude a las heridas, a las cicatrices, a la sangre, y aparece una foto de la propia Eltit con los brazos vendados), como una simbólica del peligro del día a día bajo la dictadura. Otros textos suyos siguieron luego mostrando esa conciencia de lo carnal como político, que parecía suscribir la eficaz sentencia de Kate Millet. Bajo esa invocación pareciera haberse escrito toda la obra de Eltit, muy notable en el conjunto de autores latinoamericanos coetáneos, precisamente, por su tremenda originalidad y por su coherencia con una idea no sólo del cuerpo y la sociedad, sino también de la literatura, que ha mantenido, sin repetirse, a lo largo de casi tres décadas. La centralidad del cuerpo en la historia social ha sido trabajada por Eltit de mil modos, y sus novelas Por la patria (1986), El cuarto mundo (1988), Los trabajadores de la muerte (1998), Mano de obra (2002) y Jamás el fuego nunca (2007) han explorado la relación corporal de sus protagonistas con el paisaje urbano, con el tejido social del cual forman parte, a veces como pústulas, a veces como miembros en trance de amputación o muerte. La elaborada metáfora con que Eltit ha compuesto la narración de la realidad social chilena en sus textos se ocupa no sólo de la representación del cuerpo y sus enfermedades, carencias o avatares (el parto, la sangre menstrual, los «lazos de sangre» son materia común de sus escritos), sino del devenir histórico de esos cuerpos a veces aniquilados y a veces en pleno combate, en plena batalla por la recuperación de sí mismos, batalla, hay que decirlo, muchas veces perdida. (más…)

Mi contribución al debate constitucional

Por: Zaida Capote Cruz

Comparto algunas sugerencias al proyecto constitucional; les ahorro otras, más livianas,
de redacción o para añadidos puntuales, como el de agregar “las playas y costas” al
artículo 23.

Preámbulo
Párrafos 20 y 21: eliminar
Comentario: Asumir el llamado “concepto de revolución” como dogma es un gesto
que niega la historia de la revolución. Esas palabras de Fidel –quien tuvo otras más
brillantes e inspiradas, más movilizadoras– son fruto de un momento específico. El uso
excesivo que se ha hecho de estas palabras, reproducidas en pancartas y por otros
medios, ha contribuido a su pérdida de significado y a su utilización como lema y
escudo de la burocracia; no creo que deberíamos, en tanto ciudadanos, “identificarnos”
con ese “concepto”, sino con nuestra historia.

Constitución

Artículos 5 y 6 (párrafos 38, 39 y 40): eliminar.

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Aborto Legal, Seguro y Gratuito

ABORTO_cholacholais-e1506528033267-1030x687Queridas compañeras argentinas:

Apoyamos vuestra larga lucha por la conquista del aborto legal. Sigan peleando  y movilizándose en la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Cuentan con nuestro apoyo solidario.

¡Más libertad y dignidad para todxs las mujeres!

Asamblea Feminista (Cuba)

https://asambleafeminista.wordpress.com

Luces para un desembarco: ¿fundamentalismo religioso en Cuba?

Por: Lirians Gordillo
Esta entrevista coral tiene cuerpo gracias a las declaraciones concedidas para el reportaje Feministas reaccionan frente a posturas conservadoras publicado por SEMlac Cuba. Comparto las respuestas de Zaida Capote Cruz, Ailynn Torres Santana y lxs integrantes del colectivo Nosotrxs Afibola Sifunola Umoja, Diarenis Calderon Tartabull y Nancy Cepero presintiendo que este eso solo el comienzo de un ¿debate?

Desde artículos digitales, campañas, post, redes sociales, videos y el púlpito se va propagando la crítica a la “ideología de género”. Son frecuentes frases como “el patriarcado no existe”, “es un atentado contra la familia y el diseño original”, “es un ataque y persecución religiosa”. ¿Qué lectura podemos hacer de estos discursos? ¿Cuáles pueden ser sus verdaderas intenciones?

ailynn-torres-800x640Ailynn Torres Santana: Lo primero es advertir que no estamos hablando de un asunto local. De hecho, en alguna medida, Cuba ha llegado tarde a este tipo de escenarios confrontativos entre denominaciones religiosas católicas, evangélicas, etc. y movimientos ciudadanos con inspiración feminista que integran una agenda de defensa de derechos sexuales y reproductivos, diversidades sexuales, luchas por la equidad. En países como México, Colombia, Perú, Brasil, Ecuador, Chile y varios de Centroamérica, este asunto ya tiene un recorrido de décadas, con mayor virulencia en la que está en curso.

En cada uno de esos países la escalada contra la “ideología de género” ha respondido a coyunturas específicas. Una parte de las veces –y eso es notable respecto a lo que está sucediendo en Cuba– ha aumentado la tensión en
coyunturas legislativas.

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Calibán, la bruja y la sinrazón del capital*

Por Zaida Capote Cruz

caliban-y-la-bruja-silvia-federici-500x500Si Michelet nos enamoró del enigma de la bruja, poetizando sus capacidades, y Fernando Ortiz nos hizo reír al equiparar el “sexo diabólico” descrito en los procesos judiciales con las prácticas anticonceptivas habituales, ahora Silvia Federici se asoma a la insondable injusticia de la caza de brujas para despoetizarla, para acercarla a nuestra comprensión como lo que definitivamente fue: un proceso de redistribución de la tierra y los bienes comunales; una política de expropiación que comenzó quitándole a las mujeres amplios espacios de convivencia y culminó en la expropiación de sus propios cuerpos, concebidos como bien económico y territorio de los otros. Digo “ahora” porque la edición en español de este libro magnífico –donde dialogan multitud de estudios previos sobre este y otros temas, en un descomunal acopio de información– apareció recientemente, aunque su edición original fuera de 2004.

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“Cubanas trabajando (a veinticuatro cuadros por segundo)”[1]

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Por Zaida Capote Cruz

En Retrato de Teresa (1979), de Pastor Vega, una madre alecciona a la hija, abrumada por los problemas conyugales: “Desde que el mundo es mundo el hombre es hombre y la mujer es mujer, mija, eso no puede cambiarlo ni Fidel”. Sin embargo, cuentan que muchas parejas de aquellos días salían del cine discutiendo, y que buena parte de las veces los hombres iban cabizbajos. El reconocimiento de la desigualdad en el filme avanzó argumentos y ejemplo para la discusión del asunto. Pero no era la primera vez ni sería la última que un tema de ese cariz tomaba las pantallas cubanas.[2]

En el tercer cuento de Lucía (1968) ya Humberto Solás había abordado con mucha fortuna la desigualdad en la pareja. En un baile comunal, un hombre invita a Lucía y el marido reacciona violentamente: “Para eso tú eres mi mujer… tú vas a ser pa mí namá; como yo quiero, coño”. Pero el entorno está en constante transformación, y el llamado de la realidad no cesa.[3] En una asamblea se anuncia que vienen los alfabetizadores.[4] Una miliciana cuenta sobre el rumor de que algunos “compañeros” andan diciendo que en su casa no va a entrar ningún “pepillito” y de ahí proviene el conflicto central de la película. A Tomás le molesta cualquier demostración de familiaridad (inevitable, por demás, en la enseñanza individual) y maltrata tanto a Lucía como al alfabetizador. La apelación a la condición de revolucionario como contraria al machismo es permanente en la película. La vecina miliciana usa para convencer a Tomás un argumento irrefutable: “Tú siempre has sido muy revolucionario. Esta es una medida del gobierno revolucionario. Si ella no aprende a leer va a ser víctima del imperialismo yanqui”.[5] El énfasis en que con el cambio social la condición de la mujer variará inevitablemente, y de que es responsabilidad colectiva el destino de cada individuo toma forma aquí (y en muchas otras películas del cine cubano) en la intervención de los vecinos, la familia o el sindicato en la relación de la pareja. Por eso uno de los personajes afirma: “ya la mujer no es la esclava del marío” y, aunque, como en el cuento, el último en enterarse ha sido él, los demás no dejarán de recordárselo.[6] Sin esa intervención externa, Lucía hubiera permanecido sojuzgada por el amor a su esposo, pero su vecina viene a pedirle que se vaya a trabajar a la granja, y uno de los argumentos clave de esa idea será el otorgamiento de casas nuevas, para el cualtendrán prioridad aquellas familias “donde trabajan el marido y la mujer”. Un catalizador importantísimo es, claro está, la llegada del alfabetizador (la personificación de la nueva política revolucionaria), quien le dice a Tomás: “Tú no tienes derecho a destruirle la vida a Lucía”, mientras a ella su amiga le aconseja: “No lo pienses más, Lucía, vete. […] Tú no puedes seguir aquí de criadita de Tomás”.[7] Es sintomático que, cuando decide marcharse, Lucía, hasta ayer analfabeta, deja un mensaje ¡escrito! Y ese acceso a la escritura (y a la lectura) es garantía de su libertad. Aun con errores y sin puntuación, su mensaje es clarísimo: “me boy yo no soi una esclaba”. Ya su tránsito a la libertad ha ocurrido, por eso luego aparece trabajando en la salina, con un saco al hombro. Cuando Tomás llega a buscarla, las mujeres lo enfrentan con un argumento que vuelve a acudir a la revolución como garantía del cambio: “Ella está cumpliendo con su deber”, le espetan, mientras la animan a escaparse. Lucía corre, alejándose de él, que la persigue entre tropezones. Habrá aun otro encuentro, presenciado por una atenta niña; pero cuando él intente la reconciliación en los antiguos términos, ella responderá: “Ya no te quiero, Tomás, ya no te quiero. Yo tengo que trabajar, Tomás”, y huirá de nuevo. (más…)

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