Me gusta el Código de las Familias

Por Zaida Capote Cruz
En Cuba las redes arden, la calle y las colas se alborotan y la gente -consciente de la importancia de informarse para evitar que otro se lo cuente- busca incesantemente el texto del nuevo Proyecto del Código de las Familias.
Hoy debo asistir a la discusión del proyecto en mi barrio (de su versión número 23, dicho sea de paso, porque el proceso viene corriendo hace mucho tiempo), así que lo releo y reviso mis marcas para estar clara.
Salvo algunos errores de concordancia que pueden subsanarse con una rigurosa revisión final, el Código me complace. Quiero hacer una salvedad antes de explicar por qué.
De un tiempo a esta parte ha venido instalándose entre nosotros una visión personalista de la sociedad y de la historia que solo puede ser contraproducente. Debemos honrar a quien lo merezca, pero sin circunscribir los logros en campos como el de los derechos a la ejecutoria de una persona determinada. Vilma Espín –cuya mención no estaba en las versiones anteriores y parece haberse colado tras la discusión en la Asamblea Nacional del Poder Popular– trabajó incansablemente desde la FMC por el mejoramiento de la sociedad cubana; con ella trabajaron muchas más compañeras y especialistas que aportaron lo suyo.
Los cambios vividos por las familias cubanas después de la Revolución, la ampliación de los derechos de quienes estaban sometidos a la autoridad del padre y a los mandatos de la tradición, son fruto del empeño colectivo de millones de hombres y mujeres comprometidos con el mejoramiento humano que pedía Martí y que han hecho lo suyo en cada una de las instancias de la vida familiar, ya sea en la casa o en la sociedad.
El mal hábito de reducir un proceso complejo y colectivo a la acción individual y a una visión simplista de nuestra historia está haciendo estragos. Por eso propongo que se retire el Por cuanto número 6. Me gusta pensar que la propia Vilma se negaría a aceptar ese endiosamiento innecesario.
Dicho esto, el trabajo de la comisión redactora me parece digno de aplauso. Se lucieron, vaya. Han trabajado en serio y con un horizonte lejano, confiando en nuestras potencialidades como pueblo, merecedores de una vida más feliz y más justa. Eso me conmueve profundamente.
Me gusta el Código, entre otras cosas, porque proclama la igualdad plena y el derecho inalienable de cada mujer a decidir sobre su cuerpo.
Me gusta el Código porque establece tutela judicial urgente para los asuntos de discriminación y violencia familiar y considera imprescriptible la reparación de estos hechos.
Me gusta el Código porque insiste en eso que nos arma la vida: los afectos, los lazos reales, los brazos que nos cobijan cuando hace falta, las miradas solidarias cuando las necesitamos, el apoyo imprescindible para enfrentar las dificultades de la vida, las redes que se tejen aun esquivando las rutas de la sangre.
Me gusta el Código porque reconoce que tenemos derecho a elegir, a decidir a quiénes queremos en nuestra familia.
Me gusta el Código porque registra con claridad nuestro modo de vivir la familia en amplitud, sin cortapisas.
Me gusta el Código porque defiende nuestro derecho a ser solidarias con quienes no pueden parir. Porque niega la posibilidad de vientres de alquiler o gestación subrogada, como ha dado en llamarse la variante negociada de esa contribución a la concepción humana.
Me gusta el Código porque protege el derecho de la infancia a una educación responsable mediante el amor y la comprensión, el cuidado y la dignidad.
Me gusta el Código porque nos recuerda nuestra responsabilidad frente a las necesidades de nuestros mayores, en justa retribución del esfuerzo familiar que nos condujo a la adultez.
Me gusta el Código porque da curso libre al amor entre iguales, sin menoscabo de la felicidad ajena. Porque reconoce la capacidad de cada quien para amar a quien quiera y otorga la protección legal necesaria para que ese amor pueda realizarse en legalidad, a plena luz, sin que nadie tenga derecho a negarlo.
Me gusta el Código porque eliminó el artículo que autorizaba, en condiciones excepcionales, el matrimonio infantil. La adolescencia y la niñez merecen vivirse hasta madurar y tener capacidad de decidir; no es justo que alguien (un padre, una madre, un juez) decida si uno puede casarse o no.
Me gusta el Código porque propone justicia económica en la administración del tiempo y las responsabilidades hogareñas, así como en lo referente a los bienes de la familia.
Me gusta el Código porque despoja al culpable de violencia familiar de sus derechos sobre los bienes comunes de la pareja que rompió.
Me gusta el Código porque prevé una compensación económica para quienes se hacen cargo del trabajo doméstico y de cuidados al interior de la familia.
Me gusta el Código porque prohíbe la violencia en las relaciones de cuidados.
Me gusta el Código porque establece nuestro derecho a una vida familiar con dignidad.
Me gusta el Código porque da curso a una Defensoría Familiar para defender a las personas vulnerables.
Me gusta, me gusta mucho este Código de las Familias.
Me gusta que lo discutamos, que lo leamos con detenimiento, que se siga promoviendo una versión leída colectivamente, porque este Código es cosa de todos.
Me gusta que lo defendamos, porque de él emanará nuestra vida futura en justicia y con amor, como la merecemos.
Con Laidi, en nuestro tiempo

(Presentación de Tiempo de mujeres en la Uneac, el 6 de enero de 2022)
Por Zaida Capote Cruz
Una de las crónicas de este libro registra el interés, la simpatía o el rechazo que suelen provocarnos las fotos ajenas, fotos de gente desconocida que aparece en la solapa de un libro o en una página web y que, por esa magia extraña de la imagen, nos venden la ilusión de que solo por contemplarlas sabemos más de (o conocemos mejor a) quien porta ese rostro más allá del libro o la virtualidad. Y también comenta el afán de mucha gente, una vez vista la foto, por conocer a la persona de marras, sea un autor, un artista, o cualquier otro personaje notorio. Por supuesto que, tratándose de una crónica de Laidi, pronto aparece la burla, y la voz malévola que describe nuestros hábitos acusa cómo usamos fotos lejanas en el tiempo, negando el envejecimiento y el paso del implacable.
Debo decir que, aunque me dedico, vamos a decir, profesionalmente, a leer libros ajenos, no suelo sentir curiosidad por conocer a sus autores. Frente a aquellos cuyos libros admiro, seguramente me cohibiría. A quienes me hicieron detestar sus libros no me interesa conocerlos. Son contadas las veces que puede una admirar, disfrutar un libro y construir una relación grata con su autor.
Pero no era por esto que empecé a hablar de las fotos. Es que me hizo recordar una de nuestras fotos más recientes, hace algunos años, cuando Laidi ganó el premio El Dinosaurio de minicuento, y Helen Hernández Hormilla y yo fuimos a acompañarla y celebrarla durante la premiación en La Cabaña. Todavía estábamos las tres en la Isla. Todavía yo me teñía el pelo. Todavía ignorábamos cuánto iban a cambiar nuestras vidas (y nuestras apariencias). Pero ver esa foto me hace muy feliz. Casi tan feliz como estar aquí hoy, acompañando este nuevo libro de Laidi junto a ustedes.

La crónica es un género saludable. Algo hay de verse en el espejo, de revisarse cotidianamente, de compararse con los demás, en ese recorrer una y otra vez las esquinas de la vida, los paisajes, los hábitos, las marcas que nos ha ido dejando la brega cotidiana. Y todavía más saludable es reírnos de nosotros mismos, ahondar en nuestras incongruencias, aprender más de quiénes somos.
Este libro de Laidi me puso a pensar en cómo tantas veces hemos leído crónicas –o estampas, como le gusta a ella decir, siguiendo a sus maestros- que nos acercan momentos del pasado, vetusta chismografía de otro tiempo, o nos invitan a reflexionar sobre algún tema de actualidad escenificando una historia cualquiera. Pero pasa, bastante a menudo, que el cronista no se involucra, que se queda al margen de la historia, que sobrevuela la escena como aquel estudiante que gozaba del favor estrambótico del diablo cojuelo. Vista así, como sobrevolándola, como si estuviera una manejando un dron de esos que salvan a los malos directores de telenovelas, la vida es otra cosa. Una anécdota más, una vivencia ajena, algo de lo que podemos aprender sin conmovernos.
Laidi no puede escribir como un paseante cualquiera, mirando las vitrinas con interés pero sin pasión, hablando de sí misma y de nosotros como si fuéramos extraños. Ella no puede, y yo se lo agradezco. No puede, porque tiene sus virtudes (que son, como suele ocurrir, sus defectos). Es apasionada hasta la médula, leal hasta la ferocidad, y arriesga hasta la entraña en muchas de sus viñetas costumbristas, raspando la costra del pintoresquismo risueño para compartir la hondura de un sentimiento, de una pérdida, de un ataque de ira o de ese desgaste cotidiano en que también puede convertírsenos la vida.
Por eso, por esa pasión que traiciona, pudiera decirse, la buscada distancia e imparcialidad del cronista, puede de repente salirnos con que “no es sano esconderse tras un vocablo –“gente”-; sino dar la cara, el nombre, el pecho, y decir: ‘Fui yo’.” Leo ese tipo de aseveraciones y, aunque este libro no tiene foto de la autora, puedo decir que ahí la reconozco.
También la reconozco en su jocosa descripción, entre resignada y distante, de la doble jornada de trabajo que las mujeres asumimos casi sin notarlo, en la profunda y dolorosa reflexión sobre la emigración de los más jóvenes, en la claridad con que registra los inconvenientes para vivir una vejez con dignidad, en su defensa de la solidaridad femenina, en su necesidad de confiar en los otros, a pesar de los desengaños, en la claridad de su insobornable denuncia del silencio y la ignorancia que pretenden instalar la borradura de una tragedia descomunal, la de los feminicidios y otros abusos que deberían castigarse como lo que son, crímenes imperdonables, para lo cual no duda en pedir, una vez más, una ley contra la violencia de género.
Otra de las virtudes de este libro es el relato desenfadado de las vicisitudes que debemos sortear en nuestras vidas, esas de las que nos salva una sonrisa, la solidaridad, el apoyo de quienes enfrentan problemas similares o la simple compañía cordial.
No se los he dicho todavía, pero el libro tiene secciones, varias. De todos modos, por donde quiera que lo abran, tendrán la experiencia de leer, de escuchar una voz que es ella misma, siempre. Yo me río sola cuando tropiezo en las crónicas de Laidi con algún término médico, de esos que parecen ininteligibles. O cuando usa esa cercanía suya con la práctica médica para construir un símil muy gráfico, como el de un tacto rectal en pleno Coppelia. También me río cuando leo historias que pudieron ser mías, como las de los reportes en la beca y la persistencia de indicar que padecía “tibieza” severa (también me alegra saber que éramos muchos los contagiados de morosidad). Son las suyas las vivencias de una generación, y como testimonio de época, como registro de lengua, porque Laidi usa con gran desparpajo el habla popular y sabe compartir su disfrute, este libro ofrece un testimonio de la Cuba que fue y de la que está siendo ahora mismo, viva y proliferante.
Pero las historias suelen transcurrir en un escenario. Uno de los escenarios privilegiados del libro es la ciudad. La Habana de sus dolores, con sus aceras desniveladas, su gritería barriotera, su inhóspito aeropuerto, sus bancos ineficientes y sus tiendas torturadoras, sus colas sempiternas que solo logramos paliar a golpes de solidaridad. Para La Habana pide Laidi más amor, de manera que pueda brillar por sí misma y no por sus arroyos de aguas albañales. Y a quienes vivimos en ella, menos egoísmo y más altruismo, ser mejores, aunque sea un poquito.
Otros males y algunas gracias de nuestro estar en el mundo aparecen reseñados aquí con el gracejo de quien se burla de sí misma y de todos sin complejos; de quien se revisa de frente para ver qué puede corregirse, avivando la esperanza de ser mejores. La avalancha del inglés y otros usos que van atropellando el habla de otros tiempos, la enquistada burocracia contra la cual chocamos una y otra vez, el atropello cotidiano a los más viejos, la carencia de medicamentos, unos hanunzios (con h y con z) cuya ignorancia ortográfica y gramatical–y esto no lo dice Laidi, aprovecho para decirlo yo- se van filtrando y asentándose cada día con más frecuencia en la prensa escrita y televisiva sin que parezca preocuparle a nadie. Al mismo tiempo, ese dolor por el habla herida y la escritura magullada se consuela festejando la creatividad de los refranes y los consejos gratuitos que nos ofrece cualquier persona desconocida.
También nos convida a reflexionar sobre la extraña sociabilidad de las redes sociales, con sus episodios de acoso y ciberchancleteo, su utilidad para acortar distancias, su capacidad para ofrecer resguardo a quienes opinan sin dar la cara y la falta de moderación en la escalada de contrariedades que van sumándose para alimentar la llamada cultura de la cancelación, en que si no me gusta lo que dices, te hago callar o te ignoro.
Aquí hay espacio para mucho más y de seguro, cuando terminen de leer Tiempo de mujeres se quedarán ensayando cuáles temas se quedaron, qué sugerencias valdría la pena hacerle a Laidi para que siga, mientras escribe, conjurando la desilusión y la desesperanza, haciéndonos saber que compartimos un destino difícil, pero nuestro, y que estamos comprometidos en ensanchar nuestros espacios de humanidad, que no para otra cosa sirve, si es que debe juzgarse en términos de utilidad, la literatura. Y hacerlo con una sonrisa en los labios, siempre que podamos.
Yo encontré a Laidi en estas páginas y, aunque este libro no tenga foto de la autora, tiene una especie de declaración de fe, casi al final, en la cual nos propone que para enfrentar daños disímiles lo mejor que se puede hacer “es afianzarse uno mismo, anclarse en aquello en lo que definitivamente se cree”. Esa recomendación de autenticidad y transparencia nos la pinta de cuerpo entero.
Cada vez más urgente

Por Asamblea Feminista
Hace unos días, Ciro Bianchi Ross, respetado periodista cubano, publicó en Cubadebate una crónica sobre el piropo que levantó una discusión en las redes acerca de esa tradición cubana, fácilmente mutable de intercambio risueño en agresión.
Lo peor de su crónica fue la afirmación de que, incluso cuando decimos que no nos gusta, nos gusta. Es la típica actitud de silenciar a las mujeres. No tienes derecho siquiera a decir tu verdad. Tu verdad es falsa.
Impresionante que algo así se publique en Cuba hoy. Pero coherente con el silenciamiento recurrente de los intentos cada vez más frecuentes de llevar la discusión sobre estos temas a un ámbito público cada vez más amplio y comprometido.
El día 8 de diciembre empezó a circular una denuncia sobre presuntas violaciones y agresiones cometidas por el trovador Fernando Bécquer. Son denuncias que deben investigarse y delitos que, de comprobarse su veracidad, deben sancionarse. Ninguna condición profesional justifica la impunidad, ni en política a secas ni en política sexual. Hay que abrir una indagatoria y procesar esas denuncias con el mismo ahínco con que se procesan otras. Cualquier discusión traerá dilaciones demasiado costosas.
Y denunciar la atmósfera de complicidad en que cada agresor actúa. Siempre hay cómplices, testigos silentes, gente que sabía y no hizo nada, ni siquiera alertar a las posibles víctimas.
Por enésima vez, debemos insistir en la necesidad de que la FMC y otras organizaciones e instituciones abran sus puertas reales y simbólicas a activistas contra la violencia de género. Los prejuicios políticos y la defensa de vínculos exclusivos (y excluyentes de otras personas que podrían contribuir a la visibilización y búsqueda de soluciones) nos están haciendo daño como sociedad, como conjunto, pero también en lo individual, en cada mujer que deba vivir con el peso de una violación a sus derechos sin poder recurrir a una vía clara de acompañamiento y búsqueda de justicia. Y en quienes no alcanzan a sobrevivir a una agresión.
El derecho a una sexualidad libre y autónoma, sin imposiciones ni violencias, es también parte del derecho a la salud sexual y a una vida plena.
Debemos trabajar para conseguir multiplicar este asunto en los medios públicos, una de las áreas en que el Programa para el adelanto de las mujeres debe incidir. La recién aprobada Estrategia integral de prevención y atención a la violencia de género y en el escenario familiar tiene carácter vinculante al ser un decreto ley y expresa muchos de los reclamos de quienes abogamos por una Ley integral contra la violencia de género. La estrategia es una buena noticia y lo será más si es verdaderamente útil y efectiva, si la ponemos en práctica ya.
Es hora de actuar. Es cada vez más urgente.
Si me permiten hablar…
Hace algunos días empezó a circular una demanda promovida –entre otras personas– por algunos miembros
de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA) para denunciar “los abusos contra los derechos
humanos en Cuba”. En lugar de propiciar un clima sereno y fomentar el necesario diálogo entre cubanos,
tal invectiva no puede más que entorpecer cualquier iniciativa de entendimiento, así como deteriorar la
provechosa convivencia profesional al interior de la Sección Cuba de dicha Asociación.
Comparto algunas reflexiones al respecto.
Por Zaida Capote Cruz
Hay quienes pueden vivir tranquilos en un país donde la policía dispara o asfixia a los negros casi por el hecho de serlo, o donde a jóvenes manifestantes los dejan tuertos con disparos de carabineros, o incluso en uno donde la violencia armada, las ejecuciones extrajudiciales, los secuestros y las desapariciones son parte de la vida cotidiana.
Esas mismas personas se escandalizan porque la policía cubana acosa a un grupo de opositores y equiparan escaramuzas, arrestos, condenas y encontronazos a crímenes de lesa humanidad, al tiempo que hacen oídos sordos a las acusaciones del gobierno cubano, legalmente constituido, acerca del financiamiento interesado y la desproporcionada atención mediática global que las acciones de sus opositores suelen recibir.
Quienes vivimos en Cuba estamos hechos hace rato a ese tipo de desproporciones. El gobierno cubano ha gestionado esta crisis sin muchos recursos políticos eficaces, y contribuido a que la posibilidad de diálogo se haya deteriorado ostensible y vertiginosamente. El aplazamiento de un diálogo entre las partes ha traído penosas consecuencias para todos y una incertidumbre creciente y dolorosa que puede desembocar en la amplificación del conflicto.
Ahora bien, aun reconociendo la necesidad de atemperar los ánimos y encauzar las diferencias entre cubanos por vías no policiales sino políticas, es inadmisible para muchos de nosotros que quienes viven en sociedades donde se violan consuetudinariamente los derechos humanos, y son muy a menudo cómplices mudos de la política ciertamente genocida del bloqueo a Cuba, llevada a extremos insólitos por el gobierno de Trump, reclamen como “crisis de derechos humanos en Cuba” el enfrentamiento entre fuerzas represivas y opositores.
El Estado cubano, que consigue garantizar aun en tiempos de pandemia y bloqueo reforzado, casi sin recursos disponibles, los mínimos indispensables para la sobrevivencia y salud de nuestros conciudadanos, y cuyas instituciones científicas han logrado varios candidatos de vacunas para inmunizar a su población, debería haber reaccionado con más inteligencia, promover sus verdades de otro modo y acercarse con más sabiduría a la búsqueda de soluciones.
Pero la exageración evidente en las campañas en curso para promover una condena a la Isla por violación de los derechos humanos debe ser impugnada por desconocer interesadamente el contexto global de esas acciones y por su aquiescencia, sea por beneplácito u omisión, frente a una política injerencista que viola sistemáticamente los derechos de todos los que vivimos en Cuba y que, de paso, tales campañas contribuyen a perpetuar
Programa para el adelanto de las mujeres
Celebramos la firma del Decreto Presidencial 198/2021 referente al Programa nacional para el adelanto de las mujeres cubanas, con el objetivo expreso de ampliar la justicia y estimular la participación y el avance de las mujeres en los diversos ámbitos de la vida nacional.
Al proponerse como marco eficiente para la acción continua de las diversas instituciones del gobierno cubano, el Decreto propone acciones numerosas que deberán asentarse luego en medidas, leyes y espacios concretos de realización.
En ese empeño mucho pueden aportar la teoría, ética y política feministas que han parido no sólo el enfoque de género sino también un posicionamiento interseccional, no binario y complejo, imprescindibles para desmontar la estructura cis y heteropatriarcal de la sociedad, cómplice de otras discriminaciones clasistas, racistas, religiosas, etc. Sabemos que dentro de esta estructura desigual y opresiva sólo podremos avanzar hasta un punto, pero incluso así es una buena noticia la firma del Decreto.
La labor de implementación y seguimiento de las políticas derivadas del Plan Nacional debería ser colectiva, colaborativa e incluir no solo a instituciones y asociaciones no gubernamentales, sino convocar a toda la sociedad civil cubana para que cada quien haga su parte en la construcción de un futuro mejor para Cuba.
Puede descargar el Decreto aquí:
Para compartir el conocimiento. Biblioteca digital «Como nosotras»
Por Zaida Capote Cruz
Durante mucho tiempo quise armar un proyecto colectivo que propiciara el acceso a las bibliotecas de estudiosas del feminismo en Cuba y la escritura de mujeres. Se trataría, simplemente, de abrirlas a la curiosidad y la voluntad de aprendizaje de cualquiera. No encontré cómplices. Este 8 de marzo en que celebramos la tradición de lucha de las mujeres por sus derechos parece una buena ocasión para dar el primer paso.
Aquí va mi listado. No es una bibliografía profesional; lo hizo una amiga, Laura Devia, en su escaso tiempo libre. No es tampoco una biblioteca armada únicamente por mí, pues muchas personas me regalaron libros, y una compañera, Yasmín Silvia Portales, me legó parte de la suya cuando salió de Cuba. No todos los libros de que dispongo sobre esos temas están aquí. Antes del registro moví algunos y este listado solo consigna los que ocupan un mínimo librero. A él han llegado nuevos títulos desde entonces, y aún no he tenido ocasión de incorporarlos a esta lista. Necesitaría poner todo en orden y completar el catálogo, pero eso es trabajo para el futuro y no quiero demorar más esta urgencia de compartir y acompañar a quienes necesiten apoyo para aprender más sobre la producción cultural de las mujeres.
Mi idea era, en primer lugar, poner a circular los fondos con que contamos en nuestras casas, para expandir la posibilidad de información y estudio entre quienes lo necesiten. Ofrecer consultas libres, asesoría, diálogo llano, a las personas que lo soliciten, en la medida de nuestras posibilidades. Hoy, cuando el acceso a catálogos amplios en la web podría relegar este gesto a un mero acto simbólico, confío en que esta lista contribuya a localizar o divulgar títulos útiles, o incluso a agilizar el camino hasta aquellos textos accesibles en reservorios digitales de acceso abierto.
Espero que sea útil. Seguimos en la lucha por una sociedad mejor.
(más…)El aborto es un derecho en disputa, también en Cuba
Por: Lirians Gordillo Piña
El pasado 22 de septiembre tuve el placer de participar en el encuentro Derecho al aborto en el Caribe: cuatro realidades, presentado por el periódico feminista de Puerto Rico Todas y Taller Salud.
Compartir con Elizabeth Vélez Vargas (República Dominicana), Jésula Blanc (Haití) y Alexandra Figueroa (Puerto Rico) fue una oportunidad para mirar desde una perspectiva regional lo que hemos alcanzado en el país y ver todos los retos comunes que enfrentamos en el patriarcado.

Quiero compartir las notas que leí en ese encuentro, moderado por la periodista Alejandra Rosa y estructurado como respuestas a preguntas específicas. El próximo 28 de septiembre será el Día de Acción Global por el Aborto Legal, Seguro y Accesible y creo que para las cubanas sumarnos a esta lucha regional y global, además de expresar sororidad y coherencia feminista, es una forma de proteger un derecho conquistado.
¡Qué el derecho al aborto sea ley, accesible y seguro para todas las mujeres y cuerpos gestantes!
¿Cuál es la situación actual en sus países con respecto al derecho y el acceso al aborto?
(más…)Por qué no me callo
Zaida Capote Cruz
El periódico Granma ha publicado una crítica contra quienes llevamos años intentando poner en el centro del debate el tema de la violencia de género. Es triste y vergonzoso leer cosas tales en tiempos de crisis, necesitados de mayor unidad.
Vale la pena hacer un poco de memoria. Cuando en 2008 surgió tod@scontralaviolencia —una iniciativa que promovía la aprobación de una ley específica—, éramos simplemente un grupo de ocho mujeres coincidentes en una necesidad que expusimos públicamente. Conseguimos apoyos varios. Muchos renegaron de nosotras y ni siquiera respondieron nuestros mensajes.
Hubo instancias e instituciones de gobierno a donde asistimos para intercambiar nuestras sugerencias con interlocutores momentáneos (nunca más se nos invitó a ningún debate como colectivo). También, claro, hubo amenazas, burlas y silencios cobardes.
Como trabajamos por convicción y no para conseguir ningún beneficio (si algo hemos recibido son decepciones), seguimos haciéndolo. Cada quien siguió en lo suyo, trabajando en la crítica cultural, la medicina, los medios, la escritura, los sitios de donde proveníamos.
En estos años nos ha tocado ver unas cuantas cosas:
(más…)El femicidio duele, indigna y lacera. Tratarlo en la prensa, es cosa seria.
Por Lirians Gordillo Piña
Hace falta hablar de violencias machistas y el femicidio en Cuba. ¡!!Sí!!! Pero es una pena que Granma diera este primer paso.
¿Por qué no presentar el problema? ¿Por qué no hablar de los casos y las mujeres que han perdido la vida en nuestro país? ¿Por qué no hablar de las causas de las violencias machistas, para también hablar de los esfuerzos, de los avances y pendientes? ¿Por qué un comunicador y realizador audiovisual se estrena en este tema, en un género como la opinión? ¿Qué asesoría tuvo en ese camino?
Son muchas las preguntas, porque son muchas las opciones.
La indignación colectiva que encontramos en las redes sociales es la expresión de cuánto hemos avanzado en una conciencia de género y feminista, en una conciencia de equidad y justicia. Pero también es evidencia de una realidad: en materia de comunicación pública, la lucha contra el heteropatriarcado racista no acepta violencias simbólicas e institucionales, no calla ante la falta de sensibilidad y tino.
Este tipo de comentarios en nuestros medios públicos no es admisible, porque ahí están las mujeres víctimas, están las investigaciones, están los medios con una agenda mediática comprometida, están los cursos en el Instituto Internacional de Periodismo (IIPJM), están los colectivos y redes populares, están feministas y activistas que desmontan sin descanso las violencias simbólicas, están las especialistas que asesoran y enseñan, están los grupos de trabajo, las políticas y declaraciones.
La lista es larga, porque NO FALTAN recursos para abordar las violencias y el femicidio de manera sistemática y profunda, creativa y comprometida. Desde los medios públicos cubanos tenemos el deber y la responsabilidad de hacerlo bien.
(más…)

