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Calibán, la bruja y la sinrazón del capital*

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Por Zaida Capote Cruz

caliban-y-la-bruja-silvia-federici-500x500Si Michelet nos enamoró del enigma de la bruja, poetizando sus capacidades, y Fernando Ortiz nos hizo reír al equiparar el “sexo diabólico” descrito en los procesos judiciales con las prácticas anticonceptivas habituales, ahora Silvia Federici se asoma a la insondable injusticia de la caza de brujas para despoetizarla, para acercarla a nuestra comprensión como lo que definitivamente fue: un proceso de redistribución de la tierra y los bienes comunales; una política de expropiación que comenzó quitándole a las mujeres amplios espacios de convivencia y culminó en la expropiación de sus propios cuerpos, concebidos como bien económico y territorio de los otros. Digo “ahora” porque la edición en español de este libro magnífico –donde dialogan multitud de estudios previos sobre este y otros temas, en un descomunal acopio de información– apareció recientemente, aunque su edición original fuera de 2004.

Desde sus primeras palabras queda claro que de lo que se trata es de poner al descubierto cómo el capitalismo, desde sus orígenes, se alimenta de la violencia, el saqueo y la degradación, y cómo la solidaridad, condición imprescindible para la resistencia, siempre ha sido hostigada. Pareciera extraño leer un capítulo lejano de la historia humana como la prefiguración de las políticas posteriores de intervención en la vida ajena de trabajadores y pueblos. Y ceñir el destino del cuerpo femenino al lugar donde se dirimen las políticas de explotación tanto como las que se le oponen. Dice Federici –a quien citaré aquí profusamente– que, “en la sociedad capitalista, el cuerpo es para las mujeres lo que la fábrica es para los trabajadores asalariados varones: el principal terreno de su explotación y resistencia […], forzado a funcionar como un medio para la reproducción y la acumulación de trabajo”. Por eso es tan difícil y tan apremiante pensar el lugar del cuerpo femenino en la sociedad; pues este puede “ser tanto una fuente de identidad como una prisión”, una ambigüedad, para decirlo de algún modo, que ha generado amplia atención del pensamiento feminista. Por otra parte, Federici reconoce que la historia del capitalismo no puede escribirse ignorando las diferencias entre los diversos sujetos involucrados ni haciendo a un lado las consecuencias posteriores (que duran aún hoy) de aquellos hechos. Así, conecta la apropiación masculina de la experiencia médica femenina (en la asistencia al parto, por ejemplo) con la conquista del cuerpo femenino en tanto productor de recursos y su reducción a “mero vientre”, y expone sin sonrojo la naturaleza violenta del capitalismo, tanto como la pervivencia de esa violencia en nuestros días. De tal modo, la lección política que debemos aprender de Calibán y la bruja [dice] es que el capitalismo, en tanto sistema económico-social, está necesariamente vinculado con el racismo y el sexismo. El capitalismo debe justificar y mistificar las contradicciones incrustadas en sus relaciones sociales –la promesa de libertad frente a la realidad de la penuria generalizada– denigrando la “naturaleza” de aquellos a quienes explota: mujeres, súbditos coloniales, descendientes de esclavos africanos, inmigrantes desplazados por la globalización.

 

La naturaleza del capitalismo se sustenta en las desigualdades que promueve y en la globalización de la explotación. Y la caza de brujas es un momento de la historia europea en que puede registrarse con claridad la ampliación sucesiva de esos recursos de crecimiento. Desde las crisis políticas en la Europa medieval y los sucesivos movimientos sociales contestatarios, que el capitalismo fue aniquilando, Federici analiza cómo, en lugar de la arraigada percepción de que el capitalismo representó un adelanto, no fue sino un retroceso en las relaciones sociales. Una tesis sumamente arriesgada pero congruente con su propuesta de cambio de perspectiva. Si dejamos de pensar con la lógica del capital, del incremento productivo, de la expansión económica, etcétera, lo que aflora es el sometimiento de grandes masas populares a una relación de servidumbre incluso más denigrante, al tiempo que canceló el impulso revolucionario de los movimientos antifeudales.

Dice Federici que la división sexual del trabajo –como he adelantado– proveía a las mujeres de espacios de solidaridad y resistencia, pues encontraban la capacidad de apoyarse incluso cuando las leyes otorgaran poderes ilimitados al marido, y la Iglesia les exigiera sumisión. Contra esas capacidades se movilizó la reacción política en la maquinaria represiva de la caza de brujas. Una especie de terrorismo de Estado que propiciaba el disciplinamiento de las díscolas mujeres, algunas de las cuales ejercían ya como trabajadoras independientes o cabezas de familia o se interesaban en aprender oficios y profesiones hasta entonces reservadas a los hombres, como el magisterio o la medicina. Todos esos atisbos de independencia femenina desataron “una reacción misógina violenta” que contribuyó a deshacer los lazos de clase entre hombres y mujeres proletarios y que fue esencial para la instauración del capitalismo y la economía monetaria. En osada actualización, y para ampliar la comprensión de sus lectores sobre su tesis, Federici arriesga afirmaciones inesperadas, pero sumamente clarificadoras: “La herejía era el equivalente de la ‘teología de la liberación’ para el proletariado medieval”, comenta, estableciendo puentes entre un pasado que solo vive en los archivos y la vida latente del presente. La vocación antijerárquica y contra la corrupción clerical de los herejes la cautivan y, yendo más lejos aún, llega a declarar: “no es una exageración decir que el movimiento herético fue la primera internacional proletaria”. Quizás sea precisamente esa pasión que pone Federici en establecer su análisis sin desdeñar el lazo entre pasado y presente; esa sinceridad emocional de la investigación, podría decirse, lo que nos cautiva profundamente; la capacidad de revivir la historia pensando y pintando a la gente del medioevo como nuestros contemporáneos.[1]

La búsqueda de vínculos entre sucesos en apariencia desligados es una de las ganancias que la perspectiva feminista construye permanentemente en las ciencias sociales. De ese modo es posible percibir con mayor claridad que la crisis demográfica de fines del siglo xiv propició, extraña pero congruentemente, la criminalización de prácticas hasta entonces habituales nunca censuradas, como la “sodomía” o el aborto. (El argumento de Federici me recuerda otro libro que leí admirada. En ¿Existe el amor maternal? Elisabeth Badinter vinculaba el culto a la madre y la exigencia social de responsabilidad a las mujeres por la salud de sus hijos con la crisis demográfica y la consiguiente carencia de fuerza de trabajo que preocupó a los filósofos de la Ilustración.) El control de la natalidad, la atracción erótica de las mujeres y la libertad femenina se vieron constreñidas por políticas de control manifiestas en gestos diversos: la expulsión de la liturgia, la adopción de un atuendo femenino por los predicadores, la vivencia del deseo como pecado, y otras. La capacidad femenina de controlar el cuerpo propio llegó a percibirse como un peligro para la estabilidad social.

Reducida por las epidemias, la clase trabajadora concentró cierto poder frente a la nobleza y los oficios ganaron consideración; en ciudades como Lieja los artesanos se convirtieron en autoridad urbana. Los campesinos se rebelaron con frecuencia y ganaron así un momento que, nos recuerda Federici, fue llamado por Marx “la edad de oro del proletariado europeo”, una imagen bastante alejada de las danzas de la muerte con que suele representarse el siglo xv. Sin embargo, aquí entra en juego una “maliciosa política sexual” que terminó quebrando la solidaridad de clase entre hombres y mujeres proletarios y transformándola en hostilidad contra las mujeres. La permisividad frente a las violaciones (incluso colectivas) y la instalación de burdeles estatales (donde iban a parar las mujeres que habían sido despojadas de sus medios de existencia y del apoyo comunal), así como la legalización de la prostitución, fueron insensibilizando a la población frente a la violencia contra las mujeres, una condición previa al comienzo de los juicios por brujería. También empezó a perseguirse la homosexualidad –hasta entonces sumamente popular en algunas grandes ciudades– como supuesta causa de la despoblación y la crisis demográfica.

Estudiar la degradación de las mujeres como parte del proceso de acumulación originaria no deja de ser una perspectiva interesante. Federici estudia “la construcción de la ‘diferencia’” como una necesidad para fragmentar y debilitar el movimiento popular, sea cual fuere su signo. Y como el proceso fue un generador continuo de violencia, concluye expresamente que hablar de “‘transición al capitalismo’ es en muchos sentidos una ficción”, pues no se trata de un proceso de desarrollo lineal y pacífico, sino de una época sumamente sangrienta y donde se dieron “transformaciones apocalípticas” tan tremendas que ha sido bautizada por los historiadores como Era del Hierro, del Saqueo o del Látigo. Por eso aclara que lo de “transición” solo va a usarlo como indicador temporal y en cambio utilizará “el concepto marxiano de ‘acumulación primitiva’” para referirse al proceso económico y social que tuvo lugar, que le parece útil a pesar de que coincide con varios de sus críticos (Samir Amin, Maria Mies, Yann Moulier Boutang) y de que ella misma le reprocha no haber aludido a la explotación de las mujeres y a la gran caza de brujas, porque “esta campaña terrorista impulsada por el Estado resultó fundamental a la hora de derrotar al campesinado europeo, facilitando su expulsión de las tierras que una vez detentaron en común”. Sin embargo, el concepto desarrollado por Marx “identifica las condiciones históricas y lógicas para el desarrollo del sistema capitalista en el que ‘primitiva’ indica tanto una precondición para la existencia de relaciones capitalistas como un hecho temporal específico.

Federici justifica su diálogo con los historiadores y la historia al definir el objeto de su discusión: al proletariado mundial sobre cuya explotación se afianzó el proceso de acumulación pertenecen no solo los trabajadores europeos expropiados y los americanos y africanos esclavizados, sino también las mujeres sometidas; la persecución de las brujas y la negación del derecho del pueblo al ocio y los placeres fueron imprescindibles para la reducción del cuerpo a máquina de trabajo y del cuerpo femenino a máquina reproductiva; la acumulación no solo fue de fuerza de trabajo y capital, sino también de “jerarquías construidas a partir del género, […] raza y edad” que reforzaron la dominación clasista; el arribo del capitalismo no trajo progreso, pues creó “formas de esclavitud más brutales e insidiosas” y enmascaró la explotación con divisiones en la masa proletaria (la división entre hombres y mujeres, dice Federici, contribuye aun hoy la devastación de la vida en el planeta prácticamente sin oponentes). La autora compara dramáticamente el nacimiento del capitalismo con los campos de concentración: la transformación de los campesinos en siervos, la persecución a los mendigos, el nacimiento del sistema carcelario, la premonición del tráfico de esclavos en la desventajosa contratación de sirvientes y convictos para viajar a América. Como diría Marx, “la violencia […] es ella misma una potencia económica”, una frase que Federici aprueba, pero no su continuación, pues entender la violencia como la “partera” que trae a la vida una nueva sociedad le parece imagen muy desafortunada: “las parteras traen vida al mundo, no destrucción” y, por otra parte, la imagen del nacimiento lleva implícitas ideas como “necesidad, inevitabilidad y, finalmente, progreso”. Su modo de mirar la historia a contrapelo de los saberes establecidos la lleva, por ejemplo a afirmar que la esclavitud nunca llegó a ser abolida, como suele registrar la historia, porque las mujeres siguieron esclavizadas en el ámbito doméstico y numerosos extranjeros apresados o secuestrados debieron servir a los gobiernos municipales (una situación que Federici refiere a los actuales migrantes indocumentados, así como la asociación del anabaptismo con el crimen semeja al anticomunismo en los Estados Unidos del macartismo o a la frecuente y a menudo infundada acusación de “terrorista” en la actualidad). El contexto de búsqueda de fuerza de trabajo, disciplinada y dividida según la conveniencia de la burguesía, trajo consigo “la producción de jerarquías raciales y sexuales” que fue minando la solidaridad entre proletarios. También el debate sobre la propiedad privada o comunal de la tierra y los recursos naturales se reconoce hoy “revitalizado por la arremetida del Banco Mundial contra los únicos bienes comunes del planeta”, pues Federici no pierde oportunidad para hacernos ver cómo la historia es un proceso continuo y el mundo de hoy una consecuencia de nuestro pasado, y, al mismo tiempo, desnuda las estrategias actuales como las prácticas más duras de acumulación de riqueza (e. g. la privatización de tierras comunales para poder obtener créditos de organismos financieros internacionales se iguala a los primeros “cercamientos” que destruyeron la propiedad colectiva sobre la tierra). Fue en esa época cuando el trabajo en común realizado por las mujeres, con la privatización de la tierra, fue perdiendo espacio y ellas quedaron adscritas solo al trabajo reproductivo, mucho menos valorado y, con el tiempo, completamente invisibilizado. La “degradación social” de las mujeres contribuyó así a la acumulación de capital. La creciente privatización de la propiedad trajo consigo el incremento de cierta “ansiedad” con respecto a la paternidad y la herencia y con ello la necesidad de controlar a las mujeres. Cuando el crecimiento poblacional se entendió como garantía de productividad, el Estado lanzó, “una verdadera guerra contra las mujeres, claramente orientada a quebrar el control que habían ejercido sobre sus cuerpos y su reproducción”,[2] con lo cual “sus úteros se transformaron en territorio político, controlados por los hombres y el Estado: la procreación fue directamente puesta al servicio de la acumulación capitalista”. El rechazo de las mujeres a la reproducción biológica de la especie puede ser también un arma política, y Federici se pregunta por qué Marx no pudo ver en la procreación “una actividad social históricamente determinada, cargada de intereses y relaciones de poder diversas” y con percepciones divergentes para hombres y mujeres. Al criminalizar la anticoncepción, se combatía la autonomía femenina, y la maternidad venía a ser una especie de “trabajo forzado” pues las mujeres quedaban obligadas a parir, desearan o no hacerlo. Sin embargo, y contradictoriamente, la mujer dejó de percibirse como una trabajadora propiamente dicha, y al quedar desligada del trabajo y desposeída de la tierra tuvo como destinos preferentes el matrimonio o la prostitución. No en balde Simone de Beauvoir reconocía que el trabajo es la única garantía de libertad para las mujeres. Y en fecha tan temprana como 1921, Kollontay reconocía que “la opresión de la mujer se relaciona con una división del trabajo entre los sexos en la que el trabajo productivo fue misión de los hombres, mientras la mujer se hacía cargo de las tareas secundarias. Cuanto más perfecta era esa división, más dependiente se hacía la mujer, hasta que al fin su servidumbre se convirtió en un hecho consumado.”.[3]

Pero volvamos a Federici. ¿Qué puede explicar aquel ataque tan drástico contra las trabajadoras? ¿Y de qué manera la exclusión de las mujeres de la esfera del trabajo socialmente reconocido y de las relaciones monetarias se relaciona con la imposición de la maternidad forzosa y la simultánea masificación de la caza de brujas? La insistencia en el estereotipo de la mujer desobediente y censurable fue parte de esa lucha por desposeerla de medios de vida propios, de instaurar “una nueva división sexual del trabajo o, mejor dicho, un nuevo ‘contrato sexual’, siguiendo a Carol Pateman (1988), que definía a las mujeres –madres, esposas, hijas, viudas– en términos que ocultaban su condición de trabajadoras, mientras […] daba a los hombres libre acceso a los cuerpos de las mujeres, a su trabajo y a los cuerpos y el trabajo de sus hijos”. De tal modo, el trabajo femenino, lo mismo que el trabajo infantil, se hicieron patrimonio común, casi un “recurso natural” que podía ser explotado sin mayores consecuencias. Sin el menor atisbo de poesía, Federici describe a la familia como “complemento del mercado, instrumento de la privatización de las relaciones sociales y, sobre todo, para la propagación de la disciplina capitalista y la dominación patriarcal”; en fin, “la institución más importante para la apropiación y el ocultamiento del trabajo de las mujeres”, una especie de “patriarcado del salario”, como ella lo llama, pues ahondó la supeditación de las mujeres, una vez carentes de recursos propios, a la voluntad masculina. Tal modelo de familia, con ama de casa perpetua, garantizó la reproducción de la fuerza de trabajo sin necesidad de remuneración ni otros gastos para el empleador, aun cuando muchas mujeres “proletarias también tuvieran que trabajar para el mercado”, hasta derivar en el establecimiento de relaciones sociales diferentes para ambos sexos.

La pérdida paulatina de influencia social y medios económicos trajo consigo la devaluación de las mujeres y la disminución de su autonomía, la cual muchas veces derivó en confinamiento doméstico. El debate sobre virtudes y vicios femeninos se hizo tema frecuente de la literatura y el arte; pero, dice Federici: “Ninguna de las tácticas desplegadas contra las mujeres europeas y los súbditos coloniales habría podido tener éxito si no hubieran estado apoyadas por una campaña de terror”, como lo fue la caza de brujas, que “destruyó todo un mundo de prácticas femeninas, relaciones colectivas y sistemas de conocimiento que habían sido la base del poder de las mujeres en la Europa precapitalista, así como la condición necesaria para su resistencia en la lucha contra el feudalismo”. Sin embargo, no solo la esclavización de las mujeres, sino también la expansión a América y la globalización de la explotación contribuyeron al afianzamiento del capitalismo, que acude a esos procesos de acumulación originaria, “es decir”, para Federici, “procesos de colonización y esclavitud a gran escala”, que con “la construcción de jerarquías raciales” garantizaron el control masivo y la desprotección de los esclavizados, el debilitamiento de la “solidaridad entre africanos y blancos” explotados y la naturalización del dominio de unos seres humanos sobre otros. Lo mismo que el sexismo, “el racismo tuvo que ser legislado e impuesto”, a menudo violentamente; sin embargo, las esclavas caribeñas consiguieron desarrollar redes de apoyo y políticas de supervivencia reivindicadas por las feministas africanas contemporáneas: “crearon las bases para una nueva identidad femenina africana, […] para una sociedad comprometida –contra el intento capitalista de imponer la escasez y la dependencia como condiciones estructurales de vida– en la reapropiación y la concentración en manos femeninas de los medios fundamentales de subsistencia, comenzando por la tierra, la producción de comida y la transmisión inter-generacional de conocimientos y cooperación”. Tanto como la división internacional del trabajo, la división sexual del trabajo supuso divisiones y pérdida de solidaridad, al tiempo que impulsó notablemente la acumulación capitalista, no solo consecuencia de la especialización, cuya contribución “palidece”, dice Federici, si se compara con lo que supuso “la degradación del trabajo y de la posición social de las mujeres”. En su análisis, la naturalización del trabajo femenino invisibiliza la explotación gratuita de los recursos que produce y ahonda la brecha entre hombres y mujeres; la acumulación originaria lo fue sobre todo de “desigualdades, jerarquías y divisiones” que enajenan a unos trabajadores de otros y hasta de sí mismos.

Hubo, en el paso del feudalismo al capitalismo, tres políticas cuya aportación simbólica contribuyó a afianzar la explotación: la conversión del “cuerpo proletario en una máquina de trabajo; la persecución de las brujas y la creación de los ‘salvajes’ y ‘caníbales’ tanto en Europa como en el Nuevo Mundo”, todos modos de sujeción del “cuerpo rebelde”, instaurados por el “Estado y la Iglesia para transformar las potencias del individuo en fuerza de trabajo”. Así, “el cuerpo […] pasó al primer plano de las políticas sociales […] como […] la máquina de trabajo primaria”, estimulando “formas de comportamiento uniformes y predecibles” no solo a través de la legislación, sino de prácticas mucho menos letradas como la tortura y la quema de brujas, “el punto culminante de la intervención estatal contra el cuerpo proletario en la era moderna”. Tal masacre no se justifica solo por un supuesto “desafío a la estructura de poder”, sino por la producción, por parte de las mujeres, de bienes y servicios mediante el trabajo y la procreación. Así, para Federici, la misoginia que aún vive en las instituciones y en las relaciones sociales entre mujeres y hombres nació de la “degradación social” provocada por el nacimiento del capitalismo. La caza de brujas se erige como “uno de los acontecimientos más importantes del desarrollo de la sociedad capitalista y de la formación del proletariado moderno”. No fue el fin del mundo feudal, sino el comienzo del capitalismo. Una política de disciplinamiento frente a la mentada resistencia femenina a las nuevas relaciones capitalistas, y una negación del poder de las mujeres “en virtud de su sexualidad, su control sobre la reproducción y su capacidad de curar”, que les fueron expropiados: “una guerra de clases llevada a cabo por otros medios”. En las cámaras de tortura “se forjaron los ideales burgueses de feminidad y domesticidad” y se sembró en los varones “una profunda alienación psicológica con respecto a las mujeres, lo cual quebró la solidaridad de clase y minó su propio poder colectivo. Por otro lado, Federici critica la perspectiva generalizadora de Foucault en su Historia de la sexualidad, porque ignora la caza de brujas como un momento crítico y porque habla de un sujeto neutro, sin diferenciar entre hombres y mujeres, quienes sufrieron consecuencias diferentes. La caza de brujas contribuyó a la transformación de la actividad sexual femenina libre y autónoma en “un trabajo al servicio de los hombres y la procreación”, rehuyendo cada vez más el sexo libre e incontrolado (e infructífero, claro) por puro placer y criminalizando cualquier práctica que “amenazara la procreación, la transmisión de la propiedad dentro de la familia o restara tiempo y energías al trabajo”. Como ocurriría luego con los seres esclavizados en las colonias, la sexualización extrema de las brujas tenía un fin ideológico claro. “La definición de negritud y de feminidad como marcas de bestialidad e irracionalidad se correspondía con la exclusión de las mujeres en Europa, así como de las mujeres y hombres de las colonias, del contrato social implícito en el salario, con la consecuente naturalización de su explotación”, afirma Federici, quien reconoce a Carolyn Merchant (The Death of Nature, 1980) su llamada de atención acerca de la influencia de la revolución científica y el mecanicismo cartesiano como coadyuvantes de la caza de brujas; y el reconocimiento de que el racionalismo científico instaló una profunda alienación entre la humanidad y la naturaleza.

Solo entonces Federici arriba a nuestra América. Y lo hace, como tantos otros, del brazo de Shakespeare y La tempestad. Para ella, los personajes de Calibán y la bruja son “símbolos de la resistencia de los indios americanos a la colonización”. En la bruja halla la representación de todas las mujeres que se enfrentaron a la liquidación de las relaciones sociales precapitalistas; las más afectadas por esa transformación. Como a su llegada a América, “los españoles reestructuraron la economía y el poder político a favor de los hombres”, Federici no entiende por qué el pensamiento rebelde latinoamericano y caribeño ha usado como estandarte la figura de Calibán, obligado a usar la lengua de su amo y esperando servirse de la violación de Miranda, confiando además en “la iniciativa de algunos proletarios oportunistas blancos, trasladados al Nuevo Mundo, a quienes adoraba como si fueran dioses”. Y no lo entiende porque, en su opinión, la verdadera revolucionaria de La Tempestad es Sycorax, la bruja, quien domina y se sirve de la naturaleza americana; ella hubiera podido legarle a Calibán ese lazo con la naturaleza e imbuirlo de la necesidad de forjar y mantener aquellos “lazos comunales que, durante siglos de sufrimiento, han seguido nutriendo la lucha por la liberación hasta el día de hoy, y que ya habitaban, como una promesa, en la imaginación de Calibán”. Comenta además la tesis defendida por Luciano Parinetto en Streghe e Potere: Il Capitale e la Persecuzione dei Diversi (1998), donde concede a la conquista de las almas americanas para el Dios europeo suma influencia en el recrudecimiento de la caza de brujas y la persecución de la herejía. Al vincular la supuesta persecución religiosa a ambos lados del Atlántico, dice Federici, Parinetto da cuenta del “carácter global del desarrollo capitalista” y de cómo la clase dominante europea necesitaba la creación de “una mano de obra de nivel mundial”, globalizando también “los modelos de dominación”. En América y el Caribe la práctica de la religiosidad ancestral se persiguió denodadamente no en tanto práctica religiosa en sí, sino en tanto plataforma eficiente de comunicación entre los dominados capaz de incitarlos a la rebelión.

Ampliamente documentada, con un extenso cuerpo bibliográfico que a menudo se discute, esta amplia investigación de Silvia Federici tiene muchas virtudes, académicas, claro está, pero sobre todo políticas. Al imponer una visión global del fenómeno de la caza de brujas en su relación con otros contextos histórico-geográficos, como el de la conquista de América, este libro echa por tierra la percepción de que la caza de brujas fue un episodio europeo de índole estrictamente religiosa. Su gran hallazgo es la historización, pudiera decirse, de la caza de brujas como disciplinamiento de las mujeres, cuya autonomía –no solo económica, sino social, incluso médica y sexual– resultaba contraproducente para la eficiencia del proceso de acumulación originaria, necesitado del sometimiento y el despojo de grandes masas de trabajadores. Al fracturar la solidaridad clasista entre hombres y mujeres, la fuerza del capital halló mucha menor resistencia para dominar la vida de todos.

Los argumentos de Federici no se limitan a la economía o a la historia; acuden a menudo a la representación del “conflicto” entre hombres y mujeres en arte y literatura, confiriéndole historicidad al dato; alegando la naturaleza histórica y la raíz económica de un enfrentamiento que a menudo nos parece inexplicable o eterno. Pues no, hay razones claras, motivos espurios, ambiciones y necesidad de enriquecimiento, o de revertir la crisis demográfica y la carencia de mano de obra… En fin, hay razones documentadas que desnaturalizan la opresión femenina, y hay, asimismo, afirmación de la necesidad de vínculos sociales autónomos, capacidad productiva propia y libertad sexual suficiente para vivir en libertad. Por eso este libro no es solo un alegato contra la injusticia pasada; es un programa de análisis del contexto para ver más allá de lo visible, para descubrir las razones ocultas de cada hecho o proceso histórico, al tiempo que una lección de historiografía marxista (de un marxismo crítico, claro está) donde todo significa y quien escribe la historia debe además cuidar su estilo, asumir la dramaturgia de lo relatado, descubrir vínculos inesperados y, por supuesto, convencer a sus lectores no solo con argumentos eruditos o de época, sino poniéndolo a convivir con las consecuencias (económicas, históricas, políticas) de aquellos hechos del pasado en nuestras vidas.

* Silvia Federici: Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traducción: Verónica Hendel y Leopoldo Sebastián Touza. Madrid, Traficantes de Sueños, 2016 [2004].

[1] En estos días en que se cumplen quinientos años del natalicio de Lutero, la disputa por establecer sus razones y legado hace palpable la perpetua necesidad de apropiación del pasado como lección al presente, pues tal disputa es también un modo de sentar opciones políticas propias para los involucrados.

[2] A propósito, y siguiendo el ejemplo de Federici de actualizar el sentido de sus lecturas, hemos criticado el énfasis que suele ponerse en nuestros medios en la responsabilidad de las cubanas en la actual situación de envejecimiento poblacional del país, cuando existen muchas otras causas para la baja natalidad como la emigración, la pérdida de prestaciones sociales o el incremento del nivel educativo. Por otro lado, también existe el peligro de que gane espacio la percepción de que –para elevar la natalidad– deban restringirse derechos reproductivos como el acceso al aborto libre, seguro y gratuito.

[3] Alexandra Kollontay: Catorce conferencias en la Universidad de Sverdlov de Leningrado (1921). Mujer, economía y sociedad. Estudio preliminar por Gabriela Tejero Coni. Editorial Cienflores, Buenos Aires, 2014, p. 32.

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