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Baños (una reflexión sobre lo público)

Por: Zaida Capote Cruz

Buscaba unas chancletas y terminé en el hotel Riviera. En la puerta, un portero entre atento y hosco me espetó el consabido saludo-detente, advertencia para transeúntes desprevenidos: “buenas tardes”. “Buenas tardes, voy a la tienda”, respondí, e intentó bromear: “¿Estás brava?” No sigo. Digo, seguí adelante y fui a la tienda y encontré las chancletas que necesitaba. Las pagué y a la salida fui al baño del vestíbulo. El mismo portero me “llama la atención” porque si me hubieran visto, dice, lo hubieran reprendido. Según la empresa que regenta el hotel, sigue diciendo, quienes no somos huéspedes no podemos usar sus baños, pero sí comprar en sus tiendas; o sea, digo yo, solo valemos como consumidores, no como personas. En su explicación de por qué lo “perjudicaría” mi entrada al baño, el portero intentó explicarme que la “parte cubana” de la administración del hotel era la responsable de la prohibición, así que me limité a hacerle saber que era una violación de derechos de la ciudadanía, sin extenderme en las razones: la “parte cubana” no es más dueña que cada uno de nosotros de esos recursos que, en última instancia, son del pueblo.Con esto de la propiedad estatal hay un gran y constante malentendido. Vimos en el noticiero que en el hospital Calixto García, en medio de la campaña “La salud es gratuita, pero cuesta”, lanzada por el Ministerio de Salud Pública, se le entrega al paciente una factura simbólica. Supongo que nadie habrá calculado el costo de imprimir la factura; pero esa es otra historia. El domingo tuve que ir al cuerpo de guardia del Calixto. Había tres consultas de medicina interna funcionando y mientras hacía la cola escuché a la gente quejarse de que en una de ellas solo había médicos extranjeros que “no sabían nada”. Como confío en los servicios médicos de mi país y quería salir pronto de las dudas y del dolor, me aventuré a entrar allí donde nadie quería ir. En efecto, había unos cinco jóvenes de batas blancas dentro del pequeño espacio. El que estaba sentado preguntó mi nombre y luego me pidió que lo escribiera, porque apenas entendía español, y lo mismo los otros cuatro. Uno dijo “caca”, el otro dijo “pulso”, me tomó la presión; otro preguntó “¿puedo tocar?” y palpó suavemente mi vientre; trastabillaban intentando averiguar qué tenía, así que los saqué de dudas, diciéndoles que tenía cistitis y necesitaba un análisis de orina y un ultrasonido. Recogí el frasco en el laboratorio y me fui al baño (sin agua corriente ni lavamanos, aunque por todo el hospital hay anuncios de lo necesaria que es la higiene para preservar la salud). Tras una hora pregunté por el resultado y supe que algún médico lo habría recogido. Al ultrasonido no llegué nunca, porque la orden estaba en el mismo papel que la del análisis y en la consulta donde me habían atendido los jóvenes ya no había nadie. Todavía soy bastante saludable y no suelo ir mucho a los hospitales; por eso no conozco bien el procedimiento. Mientras esperaba los resultados que nunca vi, varios ancianos pasaron intentando hallar el lugar de los rayos x, revisando sin éxito los carteles indicadores en cada puerta a fin de ubicarse, igualmente desorientados.

Estamos de acuerdo con el lema de la campaña promovida por el MINSAP: “la salud es gratuita, pero cuesta”. ¿A quién le cuesta? ¿no la pagamos todos con nuestros pequeños sacrificios cotidianos por el bien común? ¿no merecemos más que un baño sin agua corriente y un grupo de residentes ignaros? Hay un gran malentendido, reforzado constantemente en nuestros medios, ¿cuándo olvidamos que el Estado somos nosotros y no los políticos o los funcionarios? Además del cálculo de cuánto cuesta imprimir las facturas simbólicas, me gustaría saber cuánto invertimos en mantener las estructuras institucionales y políticas que consideran justo negarle a alguien el acceso a un baño de hotel e instalar un baño sin lavamanos en el cuerpo de guardia de un hospital. Pero eso, si “cuesta”, a nadie le interesa hacerlo ver.

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