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Crónica tardía: Violencia contra la mujer en el 38 Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana

Por: Zaida Capote Cruz

Varias de las películas programadas en la salas de La Habana en esta 38 edición del  Festival tratan el asunto de la violencia contra la mujer. Coherente con esa persistencia, el Festival incorporó, como cada año, los mensajes de la Campaña por la no violencia hacia la mujer (sic), esta vez más airosos que en ocasiones anteriores.

Filmes como el documental Tempestad, de Tatiana Huezo, o las ficciones La muerte de un viajante, de Ashgar Faradi, Acuarius, de Kleber Mendonça o La mujer del animal, de Víctor Gaviria, pusieron en pantalla la frecuente calidad del cuerpo femenino como rehén de deseos ajenos.

En Tempestad dos mexicanas enfrentan la violencia estructural que las convierte en víctimas con la complicidad de las autoridades: a una le secuestraron a su hija hace diez años; a la otra la acusaron sin pruebas y la recluyeron por varios meses en un penal manejado por el cártel del Golfo. De tono muy mesurado, el documental ofrece dos relatos superpuestos: la madre huérfana de su hija aparece en su día a día (trabaja como payasa en el circo familiar), acompañada por el resto de las mujeres de su familia; ella mira de frente a la cámara y denuncia cómo las autoridades impidieron que se movilizaran para intentar seguir las pistas posibles de los secuestradores. La otra testimoniante, cuyo nombre se dice al comienzo del film, no aparece nunca, salvo en una escena final que la muestra flotando en el agua de un cenote. Trabajadora del aeropuerto de Cancún, acusada de tráfico de personas, al llegar al penal de Matamoros se le informa que debe pagar una cuota de entrada y otra semanal si quiere mantener el privilegio de estar viva, pues el penal no se rige por las normas jurídicas de la federación, sino por las reglas dispuestas por los miembros del Cártel. Transcurrido el tiempo, un abogado llega a liberarla por falta de pruebas. Escuchamos la voz en off mientras vemos escenas del viaje de Matamoros, en Tamaulipas, al norte de México, hasta Tulum, Quintana Roo, en el sureste. Lo más desconcertante en ese viaje de regreso son los numerosos retenes militares, con barricadas y personal fuertemente equipado, que detienen la guagua e interrogan a los viajeros. Ahí la historia de la mujer secuestrada por el sistema penal cede el paso al testimonio de una realidad invadida por la violencia de estado, por la militarización del espacio público y por el acotamiento de la vida privada.

La muerte de un viajante estuvo entre las películas más sobresalientes de las proyectadas. Con una puesta en escena casi impecable, su historia empieza a correr con la agresión sufrida por la mujer de la pareja protagonista. Finalmente, el espectador duda acerca de si hubo o no violación, o si la agresión se potencia, en el contexto iraní, por el simple contacto con un extraño. La violencia de la reacción del marido expresa también la tensión habitual en la relación de pareja, sometidos como están al juicio público y al cuestionamiento interior cada uno de sus actos.

Acuarius, aunque más extensa de lo que debería, mantiene buen ritmo y enseña a resistir. La historia de una jubilada brasileña que soporta la prepotencia de la inmobiliaria empeñada en desalojarla no basta a hacérnosla ejemplar. Son las estrategias de Clara, que no se deja avasallar y elige divertirse, gozar y luchar. Nada de autocompasión por su edad o su mastectomía; enmarcada en su música, arropada por su barrio, consigue no solo resistir, sino devolver el golpe. A menudo echamos de menos la presencia de mujeres fuertes, decididas a pelear por sí mismas y por los demás y Doña Clara es un digno ejemplo.

Pero Doña Clara tiene medios materiales y espirituales para enfrentar lo que sea. No es cuestión solo de carácter o del antecedente magnífico de su tía Lúcia. Ha vivido en un espacio social y cultural donde pudo ir armando sus recursos de defensa (y hasta de ataque). No pasa lo mismo con la desvalida jovencita colombiana recién salida de una escuela de monjas a quien sus circunstancias (la pobreza, la ignorancia, la violencia estructural, la inerme complicidad involuntaria de los otros) arrojan en brazos del “animal”, un abusivo delincuente que la secuestra, la viola, la mata de hambre y la utiliza luego como emisaria, aislándola de todos y de todo. Aquí se da mejor el proceso de construcción de estrategias, la muchacha ignorante de todo va curtiéndose y encontrando modos de resistir y de defender a su hija, hasta hacerse un espacio, bien que precario, propio.

Sobra, claro está, pero vale decirlo: si no las vieron durante el festival, háganlo ahora.

 

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