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Aún sueño con mi país*

Imagen de ChesterfieldA propósito de Chesterfield sofá capitoné,2 de Nara Mansur

 Por Zaida Capote Cruz

Entre Nara y Simone, me quedo con Simone, me dije enseguida. Y luego pensé que sería bueno explicarme por qué. Bueno, Simone de Beauvoir ha sido una especie de abuela reverenciada por la mayoría de las feministas que han leído su medular El segundo sexo. Ese libro, que apareció en 1949 y consiguió multitud de lectores (muchos dicen que porque lo confundieron con un manual de sexología), puso en circulación ideas que habían sido exploradas en otros ámbitos, mucho más temprano y a su modo otras mujeres: Alejandra Kolontai, con La mujer nueva y la moral sexual (1922) u Ofelia Rodríguez Acosta con El problema social de la mujer (1932), entre otras. Beauvoir expuso cómo las consabidas diferencias entre los sexos no eran para nada naturales, sino de naturaleza social. Aquella célebre frase suya, repetida ad nauseam pero aún efectiva, que reza simplemente “la mujer no nace, se hace”, ponía en evidencia cómo en la sociedad patriarcal la educación en una disciplina sexual, si puede decirse, va acumulando sobre las mujeres solicitudes múltiples que casi siempre derivan en un negarse a sí mismas y ser para los demás, haciendo sus propias apetencias a un lado y forjándose en el espíritu de servicio, renuncia o goce que mejor convenga a ese papel en la sociedad.

Cuando hablamos hoy de los estudios de género solemos olvidar que son hijos del feminismo, una de cuyas madres simbólicas y filosóficas es Simone de Beauvoir. Y a menudo se piensa en ella como partenaire de Sartre, con quien forjó una relación que sobrevivió desde la temprana juventud de ambos hasta la muerte de él. Una relación, como todas, armada a base de acuerdos más o menos satisfactorios, que ella se encargó de exponer en varios de sus textos. Como dijera él alguna vez, estamos “condenados a la libertad”, a la libertad de elegir nuestro destino, nuestras acciones, cómo estar en el mundo. En el caso de ambos, no dejaron de trabajar —no solo escribiendo— por hacer del mundo un poco más su casa, la que soñaban. Ya en los 70, ella eligió sumarse a la declaración de las 343 mujeres que hicieron pública su experiencia previa del aborto, como acción política para conseguir su legalización en Francia. Como Agnès Varda y otras tantas, Simone de Beauvoir participó esa vez, volviéndose a exponer públicamente en aras de su compromiso con la justicia. Son algunas de las razones que nos la devuelven admirable.

Chesterfield

Con Sartre viajó a Cuba en los primeros tiempos de la revolución. Y anduvo junto a él por todos lados, dejándose admirar y admirando a su vez ese encontronazo entre vida privada e historia que fue la revolución. Según el testimonio de él, vivieron intensamente la experiencia, aprovecharon todos los agasajos, vieron todo lo que pudieron y partieron convencidos de la pujanza de los nuevos tiempos. En aquellos años en que todo era proyecto y ejecución sin intermedios, en que la idea se ejecutaba (a veces con un costo enorme, inevitablemente), se fundó en Cuba la Empresa de Producciones Varias, que tuvo a su cargo el diseño y fabricación de muebles y objetos utilitarios cubanos, esto es, pensados en Cuba y diseñados para la realidad cubana. Las fotos que acompañan la edición limitada de Chesterfield sofá capitoné provienen en su mayoría de una exposición (o dos) realizadas en Francia también en los sesenta. El derecho a soñar con un diseño propio incorporado a la vida cotidiana se corporeizaba en esas butacas de líneas suaves y fibras tejidas y en muchas otras condensaciones de una voluntad de vitalizar y embellecer el entorno cotidiano. Nara pone a Simone, o a su doble o al doble de su doble, como en un juego de espejos, a administrar ¿es eso lo que hace? una mueblería, heredada de su padre (o algo así). Creo que fue Louise Bourgeois quien heredó una tapicería de su familia. Como si la concreción mobiliaria intentara acaparar la atención de quienes se ocupan en arte y literatura, una vía para la domesticación. El mueble o el tapiz como llamada de atención terrenal, como ancla a la tierra y al arte del negocio, del intercambio, de la circulación monetaria. Pero el sofá de Nara es otra cosa, es un sofá que no se vende, que se habita, se vive, se padece. Es un sofá que es casi un país, por eso la amenaza de compra parece siempre desestabilizar a su dueña, que parece no poseer nada más. Un espacio para el sexo, el odio o el amor. El sitio donde hallar la herencia familiar, donde deshacerse de ella, donde burlarse de ella, donde rechazarla también.

A ratos, el sofá finge ser un país. Tiene historia y demandas propias. Sabe cosas. Exige mucho de sus ocupantes actuales o futuros, y hasta de sus imposibles compradores. Su lugar en la escena es ininteligible a ratos, pero su presencia ritual conmina a los personajes a la sinceridad o al fingimiento, ¿o es todo lo mismo? Ese sarcasmo, ese odio fingido o cierto, el amor o el deseo más profundos conviven en los diálogos de esos personajes que parecen actuar para nosotros actuándose, sin demorarse en preguntar por qué. No vale intentar encontrar un sentido. O explicaciones. Mejor dejarnos atiborrar de palabras, palabras que anuncian rupturas o revisan el pasado común. Palabras que a menudo parecerían carecer de sentido, pero que lo tienen, qué duda cabe.

A Nara, que disfruta poniendo a dialogar la historia y la vida privada, el gesto o la declaración pública con los entresijos de la intimidad, le sirve todo. Su experiencia de emigrada, la de quienes se quedaron, recuerdos, lecturas, la escritura ajena, y hasta los gestos frívolos o procaces de sus personajes. En una mescolanza que en otro sitio parecería inaudita, hace coincidir más o menos explícitamente un proyecto de producción autóctona; de liberación económica, con las experiencias íntimas de la vida en un país nunca abiertamente aludido. De La Habana a París a Buenos Aires, sus personajes viajan además en el tiempo y recorren en su diálogo más de medio siglo de historia y emociones. Sin avergonzarse, sin timidez, sin recato alguno, exhiben sus incertidumbres, que son muchas, en un lenguaje a medias explícito y a medias enmascarado entre citas útiles de los hechos y obras de Beauvoir o Sartre: La ramera respetuosa, Las manos sucias, Una muerte muy dulce, Huracán sobre el azúcar. Parecen restablecer el tiempo, recolocarnos en él. Nara copia tramos enteros y los inserta, enigmática, en los parlamentos de sus personajes.

A propósito de estos, empastando unos con otros, la experiencia intelectual con la vital, llega a parir un híbrido, “Emma, el Castor” y a ocultar tras una simple inicial el nombre de personajes históricos notables. Una pesquisa dedicada podría encontrar mil referencias más; pero lo que me interesa destacar aquí es la movilidad (de los personajes, sus escenarios, sus modos de expresión) y la ironía incontestable pero casi siempre interrogante (las preguntas abundan) que denota una y otra vez la incertidumbre general.

La indagación metaforiza el fin de una experiencia, su transformación en otra cosa. Ese sofá, que es cuerpo y es historia y puede muy bien no ser más que un sofá, tendrá un sino incierto. Será vendido, ocupado, embanderado, restaurado o abandonado. Cualquiera de esos destinos parece aguardarlo, como la degradación y la incapacidad acechan al cerebro y al cuerpo de quien fuera una mente y una presencia descomunal.

Entre citas, consignas, bromas y la tragedia de no saber a dónde van, estos personajes nómadas (de una época a otra, de una ciudad a otra), que a veces se antojan intercambiables, se ríen de sí mismos. En medio del desastre, citan la tecnología como salvación o fingen confiar en los rituales de la amistad virtual, en la sustitución del placer de la belleza por el del consumo y la propiedad. Tanto descentramiento, su nomadismo, su mescolanza de referencias y sus preguntas recurrentes terminan por hacérsenos propias.

Como en otras obras de Nara, la pregunta es muchas preguntas; todo está ahí, podemos elegir (o no). Mientras seguimos con la cabeza hecha un lío, o captamos una frase que parece revelar algo para enseguida dar lugar a otra que dice o parece decir exactamente lo contrario, vuelvo a mi dilema inicial. Tomando ejemplo, decido que no tengo por qué elegir. Las dos pueden acompañarme. Entre Nara y Simone puedo elegir a Nara, darle me gusta y compartir, si es así como se hace. A Simone ya la tengo más o menos digerida, pero cada nuevo libro de Nara es una indigestión, y me deja preguntándome cómo entenderla, para qué, y por qué muchas veces sus preguntas (las que pronuncian sus personajes o dicen sus poemas), preguntas necesarias, no contingentes, se parecen a las mías. Entre Nara y Simone, me quedo con las dos, acompañándome.

* “Aún sueño con mi país”: obra en construcción. Proyecto interdisciplinario/ Performances, diálogos, creación de Nara Mansur, Martha María Hernández y Rogelio Orizondo. En uno de sus encuentros leí este comentario.

2 Mansur, Nara, Chesterfield sofá capitoné. Ediciones Sinsentido. La Habana [2016], 59 pp. La edición se acompaña de un tarjetero con 12 fotografías de muebles producidos por la EMPROVA, además de la imagen en que Beauvoir y Sartre aparecen con sendos ejemplares de un número de Revolución donde aparece su foto y otra que reproduce un reportaje realizado por Bohemia sobre la empresa.

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