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Elena inolvidable

Elena UrrutiaPor Zaida Capote Cruz

A mis compañeras del PIEM

Acabo de leer en La jornada que murió en el DF Elena Urrutia, quien hizo tanto por establecer el pensamiento y la acción feministas en México y Latinoamérica. Sabía que había estado en fem desde su fundación, con Alaíde Foppa y Margarita García Flores; pero no recordaba que también había participado en el nacimiento de unomásuno y La jornada. La encontré por primera vez en la Casa de las Américas, cuando un grupo de estudiosas mexicanas vino al encuentro de sus pares cubanas, en un coloquio organizado por Elena y Mirta Yáñez con Luisa Campuzano, en 1990, o por ahí. Aquel coloquio inicial tuvo su segunda edición en México, en el Segundo encuentro cubano-mexicano “Mujer y literatura”, celebrado en El Colegio de México en 1991, donde Elena había fundado, con otras compañeras, el Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer y se inauguraría ese mismo año el primer curso de Especialización en Estudios de la Mujer.

Yo fui parte de aquella primera promoción, y estoy muy orgullosa de ello. El mundo se me abrió tanto como nunca hubiera imaginado. Las clases con Aralia López González, Beatriz Mariscal, Luz Elena Gutiérrez de Velasco, Vania Salles, Mercedes Blanco, Mercedes Barquet, Marcela Lagarde, Graciela Hierro y otras muchas profesionales que nos ofrecieron sus conocimientos tanto como su ejemplo de cómo ir por la vida, fueron esenciales en mi formación. El goce intelectual se completaba con la práctica humana; el Programa aceptaba estudiantes de carreras distintas, de distintas proveniencia intelectual, social y regional, con lo cual éramos un grupo variopinto de mujeres intentando organizar nuestras vidas a medida que íbamos aprendiendo unas y confirmando otras cuánto derecho teníamos a hacerlo. Mi aprendizaje fue también emocional, conocí mucha gente diversa y encontré amistades para toda la vida. Aprendí a amar a México en sus pintores y en su gente, en sus paisajes y sus dolores. Viajamos, Jorge Fornet y yo, hasta donde pudieron llevarnos nuestra avidez y las becas de estudiantes que, escuálidas para todos, para nosotros eran una pequeña fortuna (la mía se la debo a Elena. El Colegio no tenía fondos para admitir estudiantes extranjeros en el Programa y ella usó sus buenas artes para conseguirme una mensualidad de la Secretaría de Relaciones Exteriores, a cuya sede de Polanco tenía que pasar cada mes a cobrar). De Chiapas a Sonora, de Yucatán a Oaxaca, de Veracruz a Guanajuato. Y siempre comentábamos nuestras experiencias con Elena, atenta todo el tiempo a cómo estábamos viviendo su país. De vez en cuando nos invitaba a almorzar en su bellísima casa del Pedregal para abrigarnos un poco, lejos como estábamos de los afectos familiares; nos aconsejaba sobre muchas cosas (recuerdo, por ejemplo, que aprendí de ella a ponerme vaselina en las fosas nasales para prevenir la resequedad y el sangrado provocado por la altura y el clima del DF). Atenta a nuestra curiosidad nos sugería visitar algún museo, compartía sus recuerdos, nos invitaba al estreno de la película de su hijo Óscar, nos hablaba de sus años en Bruselas o de sus amigos cubanos.

A propósito de Cuba, todavía en el 2006, cuando la Feria del Zócalo se dedicó a Cuba, hizo una cena en su casa para recibir a algunos de nosotros y a comunes amigos mexicanos. Siempre fue así, siempre se esforzó en tender puentes generosos entre México y Cuba, y siempre habrá que agradecérselo. Aquella vez, ya cargada con su baloncito de oxígeno (decía que le habían sugerido irse del DF, pero para ella era imposible) fue a visitar a Mirta Yáñez al hotel Majestic y se estuvo un par de horas largas con ella, antes de la cena para todos. Llevaba su oxígeno —ese que “nos da aire feminista a todas”, como escribiera Elvira Hernández Carballido— con toda dignidad, y no dejaba de bromear y disfrutar la conversación. Pero Elena no se limitaba a ser una amable anfitriona, a veces discutía con sosegado brío, y sus buenas maneras no la abandonaban nunca. Siempre admiré su prestancia y su capacidad para dialogar con todos. Pero no se callaba una opinión, eso no.

En nuestra familia quedó para siempre una anécdota. En lo peor de la crisis de los 90 una cubana que había decidido irse a México explicaba su decisión, interrogada por Elena, como inevitable. Sus razones no tenían que ver con la política, mucho menos con la economía. Era un asunto estrictamente familiar: El padre de sus hijos vivía en México y ella no quería que crecieran lejos de él. Elena le respondió con una sonrisa: “Eso es una falacia”. Y no dijo más, no argumentó ni discutió ni cambió la plácida expresión de su rostro. Ahora, cada vez que queremos decirle a alguien que miente descaradamente acudimos a la elegante frasecita con el alma limpia y una sonrisa en los labios.

Hace un par de años, metidos todos en el mar, recordábamos nuestros años mexicanos y a Elena con mucho cariño. Urgida por la emoción, le escribí para contarle, pero me contestó su nieta diciendo que ya apenas contestaba mensajes. Así que le mandé un abrazo y la noticia de que siempre la recordábamos con amor. Con eso basta. Estos son mis recuerdos. Otros tendrán otra imagen de Elena. Esta es la mía, la que guardo hoy para siempre y quiero compartir con quienes no la conocieron.

Estas palabras no son un tributo, Elena se negaba a recibir cualquier homenaje. Cuando nos volvimos a reunir casi todas en el Colmex para celebrar los 25 años de la fundación del PIEM, alguna propuso filmar una entrevista con ella para afirmar su lugar pionero en el desarrollo de los estudios feministas y de género en la academia latinoamericana. Pero no quiso. El proyecto se convirtió en otra cosa, una visión más general donde Elena no sobresalía tanto como hubiéramos querido sus discípulas. Sin embargo, aun cuando nunca se llevara a cabo aquel homenaje en que todas estábamos de acuerdo, solo haberlo propuesto da fe de cuánto y cómo la admirábamos y ella pudo saberlo aquella vez.

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