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Algo sobre ese libro…[1]

Portada del libroPor Zaida Capote Cruz

No hay mucho que pueda contarles sobre Las memorias vacías de Solange Bañuelos; pero puedo asegurarles que no es un libro reconfortante. A pesar del arte primoroso y la habilidad artesana de quienes hacen los libros de Vigía, a pesar de su elegante sobriedad, a pesar de presentarse como algo inofensivo. No lo es, no.

Tras la aparente inocencia de una carterita malva, como las que se usan para salir de noche, simple ella, fácil de llevar, se esconde la complejidad, la cotidianeidad, el dolor, el abismo. Mayra Alpízar tuvo una idea excelente al elegir esa presentación para el libro de Maité Hernández-Lorenzo; hace unos meses, cuando lo presenté por primera vez, aludía al entendimiento que esa carterita propicia, la idea de que en una cartera de mujer cabe su vida (es una idea sobre la cual ya fantaseó una autora mexicana cuyo nombre no recuerdo ahora); como si cada objeto guardado en ella pudiera contarnos algo de su dueña, algo de su vida, de la vida.

Relatados con un lenguaje casi notarial, desapasionado, casi esquizofrénico (por dividido, entiéndase, pues aunque quien cuenta no vive la experiencia narrada, muchas veces se adivina a ese narrador demasiado cerca de sus protagonistas, como si fueran partes de una misma memoria escindida), los breves “cuadros de costumbres” que pudieran ser también estos cuentos ilustran una subjetividad, unas subjetividades, donde lo cotidiano se vive casi todo el tiempo como opresión. Por eso no hay muchas más voces que aquella con la cual parecen dialogar sus protagonistas, ese hablar consigo misma que parece ser el recurso habitual de quienes, bordeando la madurez, descubren que su vida no vale mucho la pena, que la familia a la cual le han entregado su vida y su aliento no tiene idea de cuánto han debido dejar atrás (o fuera) de sus días para proveer cariño, cuidados, alimentos… Estas mujeres (y una siente la tentación de hablar de ellas como de una sola mujer, al fin y al cabo el libro invita a ello) están gritando, gritando sordamente, diciendo al mundo en qué consiste la infelicidad, como es sentirse una cosa en tu propia casa, cuán difícil es intentar que el cariño se imponga al agotamiento físico y espiritual que la soledad, que puede adoptar muchas maneras de estar viva, no deja de producir.

Solange Bañuelos, como cualquiera de las protagonistas de estos cuentos, ha vivido, y sabe. Sabe que por mucho empeño que se ponga en portarse como se debe eso no siempre es posible, sabe que al fin y al cabo nadie va a agradecerte por dejar atrás tus propias ambiciones y servir las ambiciones y las necesidades ajenas, sabe que a pesar de que todos esperan de nosotras que sirvamos a esas ambiciones y necesidades, muchas veces nadie recuerda que tenemos necesidades y ambiciones propias… Sabe, estas mujeres saben. Y lo sabe Maité, y lo sabe, claro, Mayra, por eso eligió esa carterita inocente que lleva dentro (sin que lo sospechemos) un despeñadero, donde se cuentan las estaciones de la caída, sin orden ni concierto.

las memorias vacías10002Les decía que el libro está escrito con un lenguaje desapasionado, casi notarial. Bueno, estoy exagerando, pero es bastante cierto: como alguna de sus personajes cuenta —o mejor, piensa, porque otra de las señales de la soledad inmensa de estas protagonistas es que casi no hay diálogos reales, donde ambos interlocutores estén involucrados de verdad; hay diálogos imaginarios, diálogos sin sentido, réplicas corporales más que verbales al comportamiento ajeno, pero nunca un diálogo entre dos—; como alguna de sus personajes cuenta, decía, hay aquí una mujer que anota obsesivamente su experiencia del día a día, la cierta y la que alcanza a imaginar, que toma nota compulsivamente de una realidad que no merece la pena vivirse, suya o ajena, pero siempre penosa, asfixiante, grotesca incluso.

Este es un libro que da poco respiro, pero también nos hace sonreír. Es muy frecuente que a sus desoladas protagonistas se les ocurra una broma sobre sí mismas, un comentario jocoso donde solo cabría el grito, una pausa que nos permite coger aire a punto de la asfixia total.

Desapasionado, sí, como si alguien estuviera levantando un acta de cómo vive una mujer (o unas mujeres) casi en los 40, de sus recuerdos, de sus sueños, de sus deseos, siempre insatisfactorios e insatisfechos (sus “memorias vacías”). Y la violencia. La violencia (lo mismo una golpiza que una violación) se narra con una naturalidad que nos congela. La convivencia con lo que no debería ser natural, cotidiano, parece haber limado los filos del horror, y todo se cuenta en el mismo tono monocorde que se escoge, por ejemplo, para describir cualquier tarea doméstica mil veces repetida. El ruido, el sudor, el churre, la chusmería son solo elementos del paisaje, figuritas que se borran cuando empezamos a intuir cuál es el paisaje interior de esa mujer que los registra; la decadencia y sordidez del espacio público es nada comparado con las del espacio íntimo de la casa y el cuarto, o de la mente, donde una y otra vez aparece la salida más visible, tentando a la desesperada con el suicidio, la anulación, el silencio y la escritura, finalmente.

Y así pudiera leerse también este libro, como el recurso último para evitar la muerte o el asesinato (la muerte propia y el asesinato ajeno, se entiende). Como quitarse los zapatos para sentir el suelo bajo los pies, ese recordatorio estar vivas. O como dejar correr hacia el desagüe costroso y descascarado de la vida aquello que duele, que duele tanto que impide respirar, que lacera impunemente cada esquina de esa mujer (de esas mujeres) que no han hallado más recurso que el de dejarse contar por Maité Hernández-Lorenzo en este libro nada reconfortante. Ya lo saben.

[1] Maité Hernández-Lorenzo, Las memorias vacías de Solange Bañuelos. Diseño y dibujos de Mayra Alpízar Linares. Prólogo de Mabel Cuesta. Ediciones Vigía, Matanzas, 2014.

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