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Subvertir más que las palabras

Por Helen Hernández Hormilla 

“Las feministas pretenden acabar con el idioma”, escuché comentar a un colega a propósito de una discusión sobre el tan vilipendiado tema del sexismo en el lenguaje. El criterio me pareció lastimoso y me hizo reparar en el desconocimiento que sobre los saberes de género aún impera en nuestra sociedad, situación más compleja cuando afecta a quienes trabajan en los medios de comunicación. Lo reafirmé en un artículo publicado hace unos años por la revista Enfoque, de la Unión de Periodistas de Cuba, cuyo título se explica por sí solo: “Feminismo y gramática española no se llevan bien”.

Allí se reiteraba el reduccionismo habitual en el debate en torno a la invisibilidad de las mujeres en la lengua, al tratársele como un mero asunto de adicionar artículos y vocales. Por otra parte, en ocasiones se reducen los estudios de género y el feminismo solo con el problema lingüístico, sin abundar en su finalidad; la de que, como afirma la antropóloga mexicana Marcela Lagarde, ambos géneros alcancen “una alternativa práctica de vida igualitaria y equitativa”.

Decir hombres y mujeres, muchachas y muchachos, niños y niñas, compañeras y compañeros no resuelve por sí solo un conflicto acendrado por siglos, mientras ha prevalecido el machismo, el sexismo y una práctica androcéntrica del idioma. No obstante, quienes abogan por la utilización de ambas formas –femenina y masculina- pretenden advertir que la lengua, como fuente principal de comunicación y reflejo del pensamiento, también reproduce la discriminación de género naturalizada por la cultura patriarcal.

Como históricamente las mujeres no han sido tenidas en cuenta, el sustantivo hombre se equiparó con el de ser humano y la forma masculina se convirtió en el genérico universal. Al ser esta la norma aceptada, pareciera que no existe el problema. Sin embargo, la elipsis conlleva un ocultamiento del universo femenino y produce cierta ambigüedad, pues, aunque en apariencia las mujeres estén incluidas, su presencia se diluye, porque no se las nombra.

Aunque todas las profesiones tienen equivalente femenino aceptado por la Real Academia de la Lengua Española, palabras como médica, jueza, embajadora, lideresa, música o sacerdotisa aún encuentran cierta reticencia. Pero no solo en la universalidad del género masculino se materializa el sexismo lingüístico. Existen vocablos o frases que, asociados a las mujeres, adquieren una intención peyorativa. Por ejemplo, el adjetivo público junto a hombre remite a un ser trascendente en la esfera social, mientras que cuando acompaña al sustantivo mujer es sinónimo de prostituta. También son sexistas expresiones como “ayudar”, “colaborar” o “cooperar” cuando destacan la participación masculina en las tareas domésticas, pues en el fondo continúan adjudicando únicamente a las mujeres la responsabilidad de esas labores familiares.

En cuanto a los medios de comunicación, no basta con emplear un lenguaje con perspectiva de género si todavía abundan imágenes femeninas que privilegian las funciones maternales, los roles domésticos, el culto al cuerpo o la condición de sacrificio, a la vez que se soslayan maneras transgresoras de vivir la feminidad. De nada vale presentar mujeres en desempeños no tradicionales si a la vez, como en gesto de disculpa, se describen sus cualidades físicas, su estado civil, se les pregunta si tienen hijos, o se recalca la sensibilidad, dulzura y bondad para tipificar el comportamiento femenino. Por otra parte, no suelen aparecer en los medios de comunicación suficientes mujeres opinando sobre temas de política, economía, leyes o religión.

Las propuestas para solucionar estos problemas, al menos a nivel de lenguaje, aún no alcanzan consenso. Algunas apuestan por añadir el equivalente femenino siempre que se trate de hombres, niños, jóvenes, etc., una opción acusada de imponer reiteración en tiempos que tienden al acortamiento y la síntesis. Para los textos escritos se recomienda el uso de los dobletes del tipo o/ao(a), algo bastante extendido en los documentos legales y  burocráticos, o de la arroba –l@s niñ@s, l@s jóvenes- para indicar colectividad. Las más osadas toman del francés y proponen la terminación es para incluir hombres y mujeres, con lo cual diríamos amigues, compañeres, etc.

Varias de estas alternativas resultan todavía poco convincentes por resultar impronunciables para quienes hablamos español. No obstante, si bien su utilización no debe imponerse como decreto, al menos llaman la atención sobre el asunto, lo incorporan al debate y, poco a poco, nos educan en un lenguaje más inclusivo. Como hace algunos años declaró a la revista Mujeres la profesora Nara Araújo, “todo radicalismo lo que hace es llegar por un camino supuestamente opuesto a lo mismo que está discutiendo. Es por ello que hay que tratar de encontrar un ajuste, una plenitud, una democracia en cuanto al acceso a la voz, a la palabra”.

La riqueza del español ofrece una amplia gama de términos que permiten sustituir hombre por ser humano, humanidad, mortal, semejante o persona; niños por niñez; jóvenes por juventud o cubanos por pueblo de Cuba, nación cubana o habitantes de Cuba. Pero en los casos en los que no sea posible, han de crearse nuevas formas que permitan desmontar las estructuras simbólicas del sexismo y en las que las mujeres encuentren su merecido espacio.

En palabras de Isabel Moya Richard, directora de la Editorial de la Mujer y una de las principales especialistas en temas de género del país, “este debate no se circunscribe a las vocales, trasciende el estilo y las normas de redacción, se inserta en la trasgresión epistemológica que el género propone de manera general, al postular el surgimiento de un nuevo tipo de sujeto político entrevisto desde que el feminismo subvirtiera el machismo metafísico con «lo personal es político»”.

El reclamo de cambiar el genérico masculino implica una nueva concepción de la sociedad, en la cual no prevalezca la jerarquía de un género sobre otro, se reconozca la acción social femenina y se superen el autoritarismo, la violencia y el poder absoluto. Quizás esta transgresión del pensamiento tradicional sea uno de los motivos por los que las propuestas feministas han sido tan rechazadas.

Si lo que no se nombra no existe, es hora de nombrar la existencia. Las mujeres han logrado con su esfuerzo cotidiano salir del confinamiento en el que por centurias las mantuvo el patriarcado, una injusticia que es preciso subvertir, también desde las palabras.

 

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3 comentarios

  1. Francisco dice:

    Siguiendo esa lógica, entonces tendríamos que cambiar todo el lenguaje para hacerlo heteronominativo, e incluir palabras como “presidento”, “albañilo”, “estudianto”, “estilisto”, “astronauto”…

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  2. moniccaferrari dice:

    Desde que recuerdo el género no ha formado parte del lenguaje en el sentido actual, es pura ignorancia que hoy se considere así. Debemos más bien recordar al público en general que decir “Sean todos bienvenidos” se refiere al ser humano.

    En todo caso si se trata de que la mujer “encuentre su merecido espacio”, volveríamos a lo mismo pues entonces diríamos el género que sea mayoría “Sean todas bienvenidas” ya que la población femenina ha aumentado en todo el mundo. Posiblemente no les guste, porque al parecer no desean que “prevalezca la jerarquía de un género sobre otro”… Y ¿por qué no? ¿por qué no habría de prevalecer un género (femenino) sobre otro (masculino), si ha sido al revés por centurias? Digo, en unos cuantos siglos lo volvemos a cambiar…

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