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Feminismo revolucionario (Fragmentos)

Mariblanca Sabás Alomán en Madrid, 23 de marzo de 1929.Por Mariblanca Sabas Alomá

Uno de los más interesantes aspectos del feminismo es el que sitúa frente a frente a dos clases sociales: la rica y la pobre, la explotadora y la explotada, la que disfruta de todas las comodidades de  la vida sin producir, y la que, produciendo, carece de los recursos más elementales de sanidad, confort, cultura y bienestar en la vida. Cabe formular, en efecto, la siguiente pregunta: ¿conviene más a los interés de la mujer trabajadora formar, en el propio sector o como sector aparte, un solo frente de acción con los hombres trabajadores, que incorporarse a las filas del feminismo activo, limitado este a la lucha por la obtención de todos los derechos civiles, legales y políticos, que todavía los hombres niegan a la mujer?

Honradamente, no podrá jamás el sociólogo enfocar el feminismo como un problema global, desconectado de los demás problemas colectivos de carácter legal, moral, político, o económico, ni mucho menos, como un solo problema donde las distintas necesidades de distintos núcleos de mujeres tienen una misma solución. Es obvio que el problema de la mujer obrera no es el mismo que el de la mujer de salón- la misma lucha de cllases que se plantea entre los hombres, se pplantea entre las mujeres. Así, parece claro que si bien para la conquista de ciertos derechos civiles de carácter legal está bien que todas las mujeres formen un solo gran frente único de acción, en cambio, cuando se trata de cuestiones políticas o económicas, deberá formar con los hombres que se encuentren en la misma condición. Fórmula viable: contra los hombres, cuando los hombres son los amos. Junto a los hombres, cuando los hombres son, como nosotras, esclavos que luchan por conquistar su independencia. Contra los hombres, si los hombres, a título de tales, pretenden la pervivencia de un hembrismo alcobero, puramente sexual, tarado de morbosismos, humillante y estéril. Junto a los hombres, si los hombres, penetrados de la dolorosa realidad de la explotación del trabajo, se yerguen contra sus explotadores abriendo a puño limpio el camino hacia el “futuro sin geografías” profetizado por Lenin.

Claro que el movimiento feminista es medularmente revolucionario. Las mujeres, al rebelarnos contra un oorden de cosas establecido, formamos en la izquierda de un proceso social de incalculable trascendencia, hemos repetido una y otra vez que no queremos emancipación como sinónimo de libertinaje, sino reclamamos derechos quue sabemos nos reponsabilizan en alto grado. Más que los hombres, porque sufrimos con mayor intensidad quue ellos sus consecuencias, las mujeres nos rebelamos contra una estructuración social ensombrecida de falsedades. Estamos cansados de vegetar, carentes de personalidad, al margen de la vida. Modificamos, sin deformarla, la teoría marxista del materialismo histórico, porque las mujeres, donde quiera que luchamos—en la escuela, el taller, en la fábrica, en nuestra propia casa—, aportamos el don inapreciable de nuestra gran delicadeza espiritual. Delicadeza que no excluye la valentía, delicadeza que no se da de manos con lla humillación. Más que delicadeza, pudiéramos decir materialismo. Cada mujer es una hembra en esencia y una madre en potencia, aunque las actuales condiciones de vida estrangulan y deforman el sentido de la maternidad. Al incorporarnos lenta, pero decididamente, a las actividades de la vida política, de la vida pública, aportamos un caludal de puros ideales, de generosos anhelos, de nobleza de miras, de entusiasmos por todo cuanto signifique mejoramiento colectivo. Aportamos también, esa facultad cada vez más extraña entre los hombres—acaso por haberla ejercitado durante tanto tiempo sin resultado práctico aparente—:la facultad de la indignación.

Así como se puede ser mujer y practicar el civismo, se puede ser mujer, muy mujer, y sentir el latigazo de la indignación. ¡Múltiples ocasiones nos ofrece la vida para indignarnos! Primero, es nuestro hogar, eso que generalmente llamamos nuestro hogar, donde las mujeres no somos sino unas pobres cosas sin alma y sin conciencia gobernadas por padre, por el marido, por el hermano y hasta por el propio hijo. En más de una ocasión me he pronunciado contra esa mentida “estabilidad” de los hogares, pregonada en nombre de la ppodrida moral social. No puedes haber estabilidad donde hay un amo que manda—infeliz él también, porque ni comprende ni le comprenden, porque ni estima ni se siente estimado—y una esclava que sirve…

La lucha feminista comprende tres aspectos: el aspecto económico, el aspecto moral, el aspecto político. El problema del trabajo de la mujer entraña una enorme importancia. En Cuba se depaupera la sociedad, en gran parte, debido a la explotación inicua de que son víctimas las mujeres que trabajan. Donde menos se las explota es en las oficinas del Estado, pero ni aún allí se les remunera debidamente su trabajo. En las casas de comercio la explotación llega, algunas veces, al máximun. En muy pocas las y les pagan bien…

La biología, por boca de unos de sus panegiristas más ilustres, el doctor Gregorio Marañon, seguirá considerando el trabajo como una función normal correspondiente al varón…Y es que, a veces, los biólogos más eminentes distan mucho de ser psicólogos medianos. Conocen la pieza más ínfima del mecanismo humano, y su engranaje de maravilla. Pero no logran penetrar la esencia de la electricidad espiritual que le mueve. De las mujeres, saben los bi´´ologos que somos naturalmente aptas para la reproducción, que nos está confiada la altísima misión de conservar la especie. Pero de nuestra vida espiritual, de nuestras necesidades anímicas, de la potencia de nuestro pensamiento, saben muy poco, porque no por científicos dejan de ser hombres, y a llos hombres muy rara vez ha dejado de preocuparles preferentemente la hembra mecánica.

¿Revolucionarias? ¡Si! ¡Somos revolucionarias las feministas latinoamericanas! ¡Somos revolucionarias porque somos mujeres, porque somos madres, es decir, porque conscientes de nuesta responsabilidad histórica, matamos ya en nosotras el hembrismo, laa humillante resignación, la pasividad infame frente al imperio de la maldad sobre la tierra! Mujeres; ¡manos a la obra, que el resplandor rojizo de un alba no lejana alumbra nuestra victoria! Con nosotras, libres y fuertes, los hombres y mujeres de pasado mañana. Contra nosotras, huraños y sombríos, los espíritus reaccionarios, los cobardes explotadores de la humanidad.

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