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El Festival de Cine y la violencia contra la mujer

Fotograma del spot de la Campaña Únete durante el Festival de Cine

Fotograma del spot de la Campaña Únete durante el Festival de Cine

Por Asamblea feminista

Hace poco más de un mes concluyó en La Habana la más reciente edición del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, un evento que nos ha educado desde hace décadas no solo en términos de apreciación cinematográfica y expansión cultural, sino también en términos políticos, por la diversidad de sus propuestas y por la extensión geográfica de su convocatoria.

Desde hace varios años el festival incluye, en colaboración con otros actores públicos, un spot publicitario referido a la violencia contra las mujeres, si bien lo hace desde el descafeinado mensaje: “yo digo no a la violencia hacia la mujer”. De por sí, tal lema merecería un análisis no solo por el uso de una preposición que atenúa el hecho de que la violencia patriarcal se ejerce “contra” las mujeres, sino también por su propuesta esencialmente individualista y desmovilizadora. Ese uso del singular es elocuente, y aunque ya el feminismo nos enseñó que también lo personal es político, la movilización necesaria para cambiar nuestras sociedades en este tema —como en muchos otros—, debería exponerse como una demanda y una toma de posición colectivas.Sin embargo, la apelación de la campaña Únete promovida por las Naciones Unidas es estrictamente individual y, en consecuencia, no parece dar voz a demandas colectivas que deberían pasar, como en el caso que nos ocupa, por la movilización popular. Ese gesto se acentúa por la habitual apelación de la ONU a celebridades del espectáculo —más que a líderes reales de movimientos políticos o defensores de derechos humanos—, como embajadores de buena voluntad y similares.

El spot de marras, que el año pasado mostraba al conocido músico David Blanco diciendo la citada frase, y a mujeres de distintas edades posando para la cámara (asomadas a una ventana, conversando, siempre sonrientes, en un ambiente donde la violencia “brillaba por su ausencia”), tuvo en su versión de este año —la cual contó con la colaboración de la Federación de Mujeres Cubanas— un giro aún menos comprometido, más edulcorado. Esta vez mostraba a la popular pareja de actores Laura de la Uz y Luis Alberto García en un espacio completamente blanco, totalmente aséptico, vestidos también de blanco y cuyo contrapunto era el color naranja. Naranja eran las jarras de té que compartían, y naranja también las pegatinas que llenaban la mesa a la que estaban sentados. Esa referencia al Día naranja, otra de las consignas más bien frívolas con las cuales se establece la estrategia de comunicación de la campaña ONU, apenas perceptible para el espectador común, parecía una elección de diseño para una puesta en escena totalmente inocua.

La pareja, siempre en silencio, intercambia miradas y sonrisas como si fueran cómplices en alguna broma (el spot podría leerse como una tomadura de pelo a quienes estamos abogando por una discusión pública sobre la necesidad de una Ley específica para el tema en Cuba). Ella escribe en uno de los papeles la palabra “Mujeres”, que le muestra a su sonriente compañero. Él escribe otro papelito con la leyenda “Igualdad”, para terminar, entre guiños cómplices, con una imagen de la mujer colocando otra pegatina en la pared con la leyenda “Derechos” (¿o era al revés?). Ese corto publicitario demuestra la visión superficial de un tema que, ciertamente, ha costado la vida a muchas mujeres y que se extiende no solo al plano de las relaciones domésticas o familiares, sino también a los ámbitos laborales, políticos, etc. Con imágenes como esas solo conseguimos posponer una discusión cada día más urgente en nuestra sociedad, precisamente ahora, cuando es el momento de tenerla.

Mientras veía el spot, pensaba en cómo el Festival de La Habana muestra una incoherencia mayúscula acerca de su compromiso real con este tema. No solo porque expone en sus pantallas un reclamo tan simplón como el que acabo de describir, sino también porque acepta en las páginas del Diario del Festival propaganda tan claramente sexista como la de la cerveza Bucanero.

Tales reflexiones me hicieron vivir de otro modo el encuentro, cada vez más frecuente para las mujeres que visitamos las salas de cine de La Habana, con el “tirador” de turno. Muchas hemos vivido una experiencia semejante. Si entramos a un cine solas casi siempre tendremos que lidiar con la incómoda presencia de un acompañante no invitado: a mitad de la proyección, un hombre ocupa el asiento a nuestro lado, casi siempre armado con una mochila o una bolsa, que empieza a manipular ostensiblemente, para enmascarar (a veces mejor, a veces peor) una masturbación.

Desde el nacimiento de mi hijo me acostumbré a ir sola al cine, pues muchas veces su padre y yo no teníamos otra opción que alternarnos en su cuidado y salir cada quien por su cuenta. La costumbre ha pervivido, sobre todo en tiempos de festival, pues nuestros horarios no siempre coinciden. A menudo me alegra encontrar a alguien conocido a la entrada del cine para no llegar sola a la sala oscura, así que, aunque prefiero sentarme en un sitio específico en cada cine de mi ciudad, muchas veces tengo que aceptar las preferencias ajenas con tal de no revivir la experiencia del acoso silencioso de un desconocido. Lo usual es que las mujeres, en casos semejantes, cambiemos de lugar; aquí, como en tantas otras ocasiones, somos las que terminamos cediendo el espacio que nos pertenece. Una vez que aparece la aborrecida compañía, interrumpimos discretamente el disfrute del filme para buscar un sitio seguro en medio de la oscuridad. No podría contar cuántas veces me cambié de lugar en medio de una película, como muchas mujeres que conozco. Eso forma parte de nuestra experiencia cotidiana.

La última vez, incómoda por la reciente proyección de ese spot donde pareciera que la violencia es una entelequia irrepresentable, que no se puede verbalizar más que como un lema pasado por agua, decidí mantenerme en mi asiento. Por supuesto, llegó el convidado indeseado a mitad de la película; permanecí y esperé, lista para saltar si el tipo intentaba el más mínimo contacto. Pero nada ocurrió a ese nivel. Hizo lo suyo y se marchó, simplemente, así que me puse a pensar cómo evitar tener de nuevo esas desagradables experiencias. Al otro día (estábamos en Festival, no olvidarlo), llevé una linterna, y mientras las luces del cine estaban encendidas, la probé, la mostré ostensiblemente y la mantuve visible durante toda la proyección. Nadie se me acercó y pude disfrutar de la película sin contratiempos. Así que se me ocurrió que podríamos promover medidas como esa, pero, por supuesto, es algo en lo cual tendrían que intervenir instituciones como la FMC cuyo objeto es, precisamente, la defensa de los derechos de la mujer.
La dirección del Festival, en lugar de aceptar la proyección de materiales insulsos y desmovilizadores, debería promover un movimiento de “Cine seguro”, ofreciendo acompañamiento para cualquier denuncia de ese tipo o visibilizando en pantalla, antes de la proyección, el derecho de las mujeres a disfrutar del cine en paz, contribuyendo así a marcar a los agresores y a crear un ambiente de solidaridad para acabar con ese flagelo, porque lo es, aunque no se denuncie públicamente.

Supe de unas visitantes españolas que quisieron tener la experiencia de ver cine en La Habana, y tuvieron que padecer lo mismo pero respondieron airadas. Los demás espectadores las mandaron a callar. “Las cubanas”, les dijeron, “no arman tanto alboroto por esa bobería”. Pues bien, creo que es hora de armar alboroto, de protestar y de entrenarnos para hacerle frente a este tipo de agresiones cotidianas que están ya naturalizadas por la práctica cotidiana y por la ceguera de nuestras autoridades, que prefieren organizar un concierto o llevar prendas naranjas pero no pueden siquiera tener una discusión pública seria sobre la necesidad de una ley sobre el tema en Cuba. No podemos seguir cambiándonos de sitio para evitar la confrontación, hay que actuar, ya basta de que cualquier desconocido se sienta dueño de nuestros cuerpos, de nuestras miradas, y de nuestro espacio, y haga imposible el disfrute en paz de una película. Tenemos que cambiar eso y, por lo visto, depende de nosotras.

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5 comentarios

  1. Laura Ríos dice:

    excelente comentario, lo apoyo 100 %, no puede ser que el tema de la violencia contra a muejres siga transcurriendo solo en los discursos y d el apeor manera, cunado hay tantas que necesitan aciones y ayuda concreta…..felicitaciones por este artículo

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  2. dainerys dice:

    Me alegra mucho escuchar siempre su voz, sentir que la lucha no se detiene. La naturalización de personajes como el del tirador ha llegado a ser macabra. Una llega a conocer al de cada cine, incluso a la entrada. Y sólo en el Multicine Infanta, en la Habana, he visto a los trabajadores y trabajadoras tomar medidas al respecto. Justo con una linterna. Agradezco mucho que inicien este espacio que prueba además que la lucha por derechos de igualdad y respeto a la mujer es cuestión de convicciones.

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  3. […] los propios hombres. Pero ese es sólo un punto. El análisis certero lo hicieron las colegas de Asamblea Feminista cuando analizaron el spot de la Campaña Unete de Naciones Unidas visitando en el marco del […]

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  4. […] los propios hombres. Pero ese es sólo un punto. El análisis certero lo hicieron las colegas de Asamblea Feminista cuando analizaron el spot de la Campaña Unete de Naciones Unidas visitando en el marco del […]

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